MÁS ALLÁ DEL MIEDO - FILOSOFÍA Y ANTROPOLOGÍA DEL PREJUICIO




Más allá del miedo
Filosofía y Antropología del prejuicio
  
Traducción: Oscar Perez Portales

  
Sumário



 Prefacio


Este texto, fructo de su tiempo, nace de una motivación fundamental. Junto con el estudio filosófico por un largo tiempo sobre la cuestión de la Alteridad y de su negación, se nos tornó evidente la necesidad de examinar filosóficamente, de cerca, a ocurrencia de hechos, episodios o situaciones en los cuales esta negación, en cuanto desdoblamiento de un acto concreto- o mejor dicho: aniquilación, o obsesión por la aniquilación – se expresa de forma especialmente visible, en el sentido de indefectible e innegable en cuanto tal, como un corolario muy propio e inconfundible de significaciones. Este complejo de sentidos traduce un material de extrema riqueza para quien se interesa, no por el concepto abstracto de humanidad, sino por el humano real que vive en medio de las infinitas dimensiones que simultáneamente lo limitan y lo provocan a ir más allá de sí: su precipua situación. Y compartimos la idea  de que no hay quien no sea también la propia situación en que vive. Yo soy Yo y mis perspectivas, mis horizontes, mis desafíos, mis derrotas y mis sobrevivencias.
Así, las situaciones que configuran la vida humana traen, en ciertos momentos, una especie de inequivocidad aguda con relación a su verdadero sentido; nos resta entonces rastrear el difícil camino de aproximación a este sentido. No obstante, contamos con algo a nuestro favor: y es  que podemos, a estas alturas de inicios del siglo en que vivimos, circunscribir con relativa  propiedad lo esencial de lo humano- en contraposición a una “doctrina de las esencias” (y que no seamos, aquí, mal comprendidos: no se trata de recorrer  en contraposición de una doctrina de las “existencias”, más mantener la tensión entre los hechos brutos y los monumentales esfuerzos de nuestros cerebros para reducirlos a miembros de una ecuación en el universo de los inteligibles).
Lo que podemos decir con bastante seguridad es que, siempre que este esencial es tocado, atingido, amenazado o sufre simplemente una aproximación especulativa, se da una señal de vida, una especie de grito: un grito de vida. A ningún estudioso sensible del alma humana escapará tal facto. Él es indicativo de que, siendo nosotros quienes nos aproximamos, estamos muy próximos de la médula más sagrada de la vida humana y de la vida en general, aquel hilo fragilísimo que prende alguien a sí mismo y que la enfermedad, o una situación-límite, o una amenaza real, tiene el poder de exponer en toda su indigencia.
Este estudio nace de un grito, de una indignación. Mas no es simplemente, el grito de alguien particular que nos crispa y de quien nos aproximamos con indignación. Es un grito primigenio, que resuena y tiene eco en los subterráneos de la historia y de las maravillas de la civilización desde hace muchos siglos, traduciendo un fenómeno repetido ad nauseam: el acto concreto del prejuicio. También nuestra indignación no se desprende de algún moralismo particular ni permanece en el ámbito más confortable de una circunscripción privada y más neutra: esta indignación perdió su discreción y se torno filosofía, porque profundizó críticamente en la bruma de las obviedades, de los pensamientos auto-confiantes y de las neutralidades biempensantes.
No tenemos ninguna certeza de sobrevivir a este choque: él todavía no acabó y, esperamos, no acabará tan pronto. De cualquier forma, nuestro discurso se tornó un ensayo provocativo y mal comportado. No habrá aquí mesuras adecuadas a situaciones delicada, aquellas sobre las cuales normalmente no se hablaría; habrá apenas un determinado lenguaje torturándose para no traicionarse a sí mismo, mas que se dirige, en la movilización de todas sus fuerzas y asumiendo grandes riesgos, a las estructuras más subterráneas del rechazo de la alteridad, derivando a partir de ahí algunas consecuencias pesadas.    
Mas los riesgos son congénitos al filosofar, que nació por haber asumido el riesgo de no atarse simplemente a las determinaciones de la autoridad, de las tradiciones y de los mitos y a la anquilosis del pasado. La dirección seguida no constituye ningún misterio: cualquier lector interesado acompañará claramente lo que realmente queremos decir y podrá, con la libertad que le asiste, hacer sus propias elecciones.




Introducción



Sin esperanza, la idea de la verdad sería apenas pensable.

T. Adorno


Es probable que el gran drama de la filosofía sea que ella necesita ser reescrita a cada momento, y siempre de forma nueva- o recaerá en la tautología y en la tentación del anquilosamiento: petrificarse en  ideología. Que el mundo de la presente transición secular y milenar este absolutamente repleto de ideología – después de la promulgación de la “muerte de las ideologías” – es un hecho que no escapa a ningún observador atento; y esto demuestra y prueba apenas la cantidad de veces que la filosofía renegó o tubo que renegar su tarea precipua. Mas no se entienda, aquí, ideología solamente como un gran y complejo conjunto de ideas socio-históricas en sentido tradicional: con esta palabra, queremos ante todo indicar fragmentos de pensamientos, de ideas, paralizados o paralizadas en sí mismos, atónitos con su propia impotencia, neutralizados en su franqueza, la franqueza de un molde en el cual se alojaron, renunciando al instante vivido[1], al dolor del pensamiento incisivo e inadmisible, cultivado en medio de este dolor mas sin dejar raíces en él.
Tal hecho devela la intensidad de la violencia que sufre, y muestra cuantas veces, en cuantos y diversos momentos el verdadero arte del  pensamiento sucumbió a las acusaciones de impenetrabilidad o inocuidad e se refugió en la letra de la erudición pura y simplemente petrificada, aquella si perfectamente inútil por inocua. Pues sobre cada ideología en el sentido aquí utilizado (filosofía de origen que cesó su tarea, su crítica y autocrítica, al encogerse medrosamente ante los riesgos y de las amenazas que escrutan todo lo que asoma a la superficie plácida del océano de la mediocridad)  yacen fragmentos  agudamente filosóficos en el sentido más rico y pleno del término,  o así mismo aquello que se podría llamar verdadera filosofía abortada. La ideología es una filosofía voluntaria o involuntariamente abortada, mas, en toda hipótesis, mantenida a la fuerza en esta condición; de ella no restan sino promesas de futuro que nunca serán cumplidas, que nunca se desvencijaron de su fardo de indeferenciación, de pretensa neutralidad, de aquello que promete hacer falta si nunca llegar a existir.
En lo concreto de las ciencias y de las ideas, es apenas recientemente que la filosofía viene reencontrando su espacio y su especificidad en nuestro medio; y eso acontece, en la mayor parte de las veces, de forma sobremanera incompleta y artificializada. Incompleta, porque se acostumbra ignorar que pertenece al proprium de la filosofía el ser la crítica de sí misma y de todo lo que es percibido como realidad – incluyendo las ciencias autónomas, frutos de la modernidad, de estatuto firmado y confirmado, en sus bases siempre dadas por asentadas y que, incluso, no serían concebibles sin la matriz conceptual de la propia filosofía. Artificializada, porque todavía se confunde demasiado la filosofía con el diletantismo y el mero placer de filosofar, los ires y venires de los conceptos, las destilaciones brillantes, desnaturalizando los orígenes del pensamiento crítico y autocrítico, en el cual el placer debe derivar de la construcción y reconstrucción de la inteligibilidad, y no de un juego de espejos narcisista e inconsecuente – la mayor de las tautologías, porque la más original y originaria, la más tentadora, la que se constituye propiamente en un desafío a la altura del pensamiento digno de este nombre[2]. 
Por otro lado, una “filosofía” que, bajo el pretexto de simplificación y fácil comprensión es arquitectada ad usum Delphini, artificialmente vaciada de tensiones, ingenua, contaminada de modestas excitaciones pequeño burguesas,  pidiendo continuamente disculpas por existir, una tal “filosofía” es tan tola  cuanto la expectativa de un mundo donde las tensiones reales estuviesen ausentes, un mundo rígido donde las tensiones originales, o élan vital, la carne de la propia vida, el desencuentro de un ser pensante consigo mismo, con los otros y con lo que lo cerca, pudiesen ser reducidos a polvo por el pensamiento totalizante, transformándose finalmente en una fantasmagoría maciza, sin intervalos, autocomplaciente y autorreferente: un mundo donde el Otro estuviese plenamente ausente, donde ni sus cenizas encontrasen espacio. ¡Como sería fácil vivir entonces! Mas el dividir espacio, fuente de toda crisis, de todo origen, niega a priori la plenitud, la omnipotencia, la rigidez de lo cerrado, la opacidad del miedo, como la muerte, al radicalizar la aproximación con el todo, niega radicalmente la Totalidad identificante en cualquier de sus formas, hasta incluso aquella del “conocimiento desinteresado”[3]. El múltiplo determina el origen. Toda la identificación absoluta, la supresión de cualquier intervalo, respiración, indecisión, nada más hace que intentar conjurar el sueño de una unidad total.
Mas la filosofía supone obviamente el continuo entrar y salir de la crisis, a través de su transmutación en crítica, en ruptura con lo dado, valuación del pasado, juzgamiento del presente y del pasado, denuncia del presente que se representa como simple pasado degenerado. Sin entrar en la profundidad de la crisis, sin verse las vueltas con la inquietud de lo nuevo, sin experimentar la espantosa dialéctica del “thauma” y del trauma[4], nadie jamás filosofó propiamente: apenas enriqueció la racionalidad con fantasmagorías evasivas, fingió vivir, se embriagó con los colores de sus excrecencias y apéndices, se encantó con su taumaturgia, captó el ser y el no-ser en algún término o raciocinio bello como una estatua que pretende paralizar el tempo y promover ab initio la falencia de todo el que es diferente, esta belleza muerta, perfecta, con la ruta de Ulises que, después de viajar por el vasto mundo, acabó al final encontrando apenas y tan solamente su propio núcleo de sentido, el que desde siempre había estado allí, paralizado, listo él mismo. La filosofía debe ser la ruptura de los círculos neuróticos-intelectuales, de los provincianismos mentales, que se van creando en el contacto diuturno con lo que tiene sentido de realidad para el ser pensante, y la meditación de sus causas y orígenes, el aterrizar real y peligroso para que se pueda, consecuentemente, emprender un vuelo real y, naturalmente, no sin riesgos. La filosofía solo tiene sentido en cuanto implosión del narcisismo congénito de la Razón única, la forma más bien acabada del logos autosuficiente y totalizante[5].
La filosofía no puede, así, huir simplemente de su tarea crítica con relación a los ríos subterráneos que atraviesan los meandros de la contemporaneidad. Ella no puede dejarse conducir simplemente – y mucho menos dejarse convencer- por visiones parcializadas y tendenciosas, toda vez que hegemónicas- de mundos particulares: tiene que entenderlos, a estos mundos, todavía que esto tenga como consecuencia la desconfianza y apenas la condescendencia de otros lenguajes; y tienen que entenderlo en profundidad. No existe ninguna cuestión o problema que no sea primariamente filosófico, así como no existe arte, ciencia y cultura que no se asiente por sobre bases filosóficas muy específicas, conscientes o inconscientes. El hecho de que se ignore tal no sirve de excusa a la incompetencia en el trato de la realidad, así como el hecho del enfermo ignorar o desear ignorar su dolencia no lo librará de la muerte en el momento en que la dolencia fuera suficientemente grave. Las parcializaciones, la nostalgia simplista, el sobresalto de los automatismos desenfrenados y representados como simplemente naturales[6], no pueden servir de excusas al fracaso de la comprensión: apenas de provocación, la más incisiva de ellas, porque comprende la médula de la cuestión del sentido: desde siempre, la cuestión mayor de la filosofía.
Pero es necesario  que se perciba que desde donde se habla. La mayor conquista de cada ideología- especialmente en el sentido atrás explicitado – es convencer una determinada dimensión de la realidad de que ella “se resuelve” en ella misma- por eso, toda ideología es, en el fondo, una discusión, que puede ser leída también como un fracaso, un fracaso de la vida en su tensión original, al transformar la tensión creativa del contrato como lo nuevo en tensión reactiva de evitar lo nuevo. En verdad, los conservadorismos de cualquier especie, al pretender a todo costo conservar el pasado, no  hacen nada más que truncar la raíz de la vida: el decorrer del tiempo[7]; su esencia no es otra  que el miedo de lo nuevo. Debido a eso, una noción tal como ideología progresista es una contradicción en sí misma. Toda ideología – de la menor y más obtusa a la más compleja y hegemónica – es fundamental y visceralmente reaccionaria, y su combustible es el miedo del tiempo. 

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¿Qué es el “prejuicio”, si no un dato de realidad que se presta a múltiples interpretaciones – tantas cuantas son sus tentáculos penetrados en las infinitas dimensiones de la existencia- y no apenas a las hermenéuticas particulares de las ciencias empíricas, de la psicología, de la sociología, de la antropología? ¿Por qué el descuido ante esta posibilidad? ¿Por qué refrenar, en el punto de mayor tensión, el impulso del pensamiento de fondo? ¿Por qué dejar de reconstruir constantemente las bases? Pues el prejuicio es un fenómeno fundamental, de fundamentos, de orígenes. No hay prejuicio ingenuo, aunque sus manifestaciones, sobre ciertas circunstancias,  puedan serlo: todo prejuicio, incluso el más oculto, es traducción de una violencia que no conoce  términos medios. Los términos medios, en estos asuntos, hacen apenas apaciguar las malas conciencias, existen apenas en cerebros desapasionados, que no comprenden lo que piensan y dicen, o que – más comúnmente- no quieren en ninguna hipótesis sujetarse al juicio de cualquier especie de comprensión. En esto asuntos, la mínima porción de racionalidad es ya demasiada, es poder venir a implosionar el macizo totalitario de certezas opacas que sustentan el terreno donde se mueve el prejuicio. 
¿Y si esta posibilidad de penetración filosófica tan profundamente cuanto posible en la raíz de la cuestión real del prejuicio no puede ser descuidada, porque no integrar las variables en el sentido de profundizar el tema hasta sus verdaderas condiciones de posibilidades? ¿Por qué los insights parciales tienen que ser normalmente tan ceremoniosamente preservados de la crítica externa? Mas, ¿existe una crítica externa real? ¿O aquello que tiene esta apariencia no concurre más, en el fondo,  que con la construcción de un lenguaje que evita la irrupción, en este campo específico de la realidad, de toda y cualquier meta-lenguaje que vaya más allá de lo dicho de buena forma?  Pues el prejuicio es como una Esfinge muy poderosa, que dedica a la movilización de las fuerzas racionales que lo intentan cercar un enigma recurrente, profundamente angustiante y decisivo: me descifras o te devoro- persígueme continuamente en mi génesis, en mi miedo original, en mi dinámica delicada y bruta, o te devoraré, al invadir tus tejidos con mi obviedad castiza, con mi solidez infernal, con mis armas muy bien guardadas, por ello extremamente poderosas y siempre listas para el golpe final en la racionalidad humillada. La filosofía, en cuanto crítica permanente de sí y de todo, no puede huir del prejuicio como problema, y problema eminente, que amenaza con su existencia la médula de lo humano y de lo vital.

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Este breve y despretensioso estudio pretende ser tan filosófico cuanto posible, y apenas tan sicológico y sociológico cuanto necesario y solamente en el ámbito de una fenomenología del prejuicio en cuanto realidad dada, en sus orígenes y motivaciones originarias. Sus términos son extremadamente simples. Del prejuicio, no quiere más que perseguir su lógica de forma que esta no pueda refugiarse simplemente en sus subterráneos, ofendiendo la inteligencia al convencerla de su (del prejuicio) no aprehensibilidad. La investigación quiere desnaturalizar la obviedad, traje coloquial del día a día prejuicioso, que precisa ser desvestido, des-nudado como el rey desnudo lo fue en su fábula, y esto apenas y en la dimensión – y experiencia – de que una crítica mejor, o sea, más radical, la suceda.
Se iniciará la reflexión revisitando la conditio humana, no repleta de lugares comunes, mas exactamente en este inicio del siglo XXI; no abstractamente considerada, pero en la concretud de su incómodo pulsar, particular y real, desenfrenado y atónito, convidado a sobrevivir en el filo de la perplejidad. Sin embargo, que no se espere aquí una summa o una relación de máximas edificantes, que traduzca en un lenguaje más “neutro” y “fácil” lo anteriormente sugerido: ¿quizás solo la impertinencia con un determinado estertor naciente, moribundo? – que nos domina a todos en cuanto no-indiferentes a los días que corren, es que palpita bajo las palabras. Es la reconsideración del estatuto de la propia antropología filosófica – en el ámbito de este escrito, simplemente “antropología” – es lo que será, en su debido tiempo, elucidando como siendo algo que se circunscriba a una “antropología de los intervalos” [8], o sea, que se aproxime, y tenga como base de referencia, aquello que hemos llamado “intervalo humano”, las imponderabilidades que cercan los esfuerzos de toma de consciencia en su proceso constante de algo que podríamos llamar de “vida intervalar”.  
A seguir, es el fenómeno del prejuicio propiamente dicho que merecerá nuestra atención. Para tal, pretendemos caracterizar, en la tradición de Sartre, por ejemplo, la reductibilidad obvia de cualquier modelo de prejuicio a su tejido constituyente más elemental: el miedo[9]. De ahí, y en continua referencia al re-cuestionar de los fundamentos antropológicos de la existencia humana, se seguirá la tradición subterránea en sentido inverso, en dirección a los orígenes, a los tejidos conceptuales primarios, al foco obscuro de sentido que da al sinsentido lógico del prejuicio y de las actitudes de lo prejuicioso su espantosa aura de razonabilidad: la pretensión, acorde con una tradición larga en Occidente, de detener el tiempo, de reducir infinitamente el espacio a un foco único y definitivo de sentido, de impedir el cambio y construir el presente perpetuo, conocido y tautológico, sin sobresaltos, sin sorpresas, sin diferencias, sin vida- sin el Otro.
En la conclusión, será evidenciada- y esta es la tesis que orienta pari passu nuestro discurso- la insustentabilidad del prejuicio en cuanto actitud humana, al registrar la “antihumanidad” que lo habita- no en un sentido puramente emocional o puramente “racional”, pero si, en cuanto se evidencia la actitud prejuiciosa a un tiempo como anti racional y anti emocional a un solo tiempo- en contraste con concepciones del tema que lo muestran como emocionalidad desprovista de racionalidad. Será evidente, entonces, que la actitud pre juiciosa encuentra su base de acción en una esfera más allá del mero miedo, y que se trata, en último análisis, de un paso a más en la dinámica de auto-anulación  de lo humano en proceso de absorción por la Totalidad todo-poderosa: una forma trófica especial del desarrollo de la individualidad y de la sociedad en dirección al thanatos. La actitud prejuiciosa es una actitud conducida de obsesiva identificación (la violencia explicita o velada de los actos pre juiciosos es la expresión de este proceso siempre violento de identificación unificante), y conducida por una racionalidad específica de inteligibilidad muy difícil, que se pulveriza en las acciones subjetivas exactamente para negarlas, para negar cualquier  posibilidad de acción según una racionalidad diferente- aquel con quien la identificación no es reflejada, tranquilizada, evidente- el acto prejuicioso acaba por explosionar en una anulación anti-vital. Esta es una paradoja del actuar prejuicioso: al radicalizarse en su violencia que se transforma de latente en ejercida, se anula en cuanto instancia de control racional de esa violencia, confundiéndose con ella[10].
Este trabajo no es, así, un sobrevuelo analítico-descriptivo sobre el fenómeno del prejuicio, o no pretende ser meramente eso. Se trata antes, de un agrupamiento de conclusiones derivadas del ejercicio real del prejuicio desde un determinado prisma interpretativo. Pues el discurso aquí utilizado es, de la primera a la última línea, interpretación, mas una interpretación “expresionista” del fenómeno del prejuicio.
Adelantemos ahora nuestra hipótesis amplia de abordaje de la temática. La cuestión del prejuicio no es, según esa hipótesis, comprensible en el ámbito de las subjetividades dispersas, de individuos o de grupos bien escogidos y bien determinados – al contrario de lo que parecen creer ciertas corrientes  interpretativas muy divulgadas. Apenas en los grandes arcos culturales, en la historia propiamente dicha, en la propia supuesta ausencia de las condiciones de surgimiento del prejuicio, es que sus raíces son perceptibles. La cuestión del prejuicio y, en la verdad, una cuestión atinente a un determinado modelo e atrofia socio-cultural de gran magnitud, y es comprensible apenas en ese contexto amplio, al menos en términos relativos e insipientes. Se da, naturalmente, en contextos más restrictos, bien-determinados; la identifica con estos contextos, no pasa, por tanto, de una apreciación excesivamente superficial del tema: tiene tanto sentido como identificar el pez con el agua en que nada.   
La cuestión del prejuicio es una cuestión filosófica por excelencia: con su inmensa carga de sufrimiento, ella permite un sumergir profundo en las aguas revueltas de las grandes y de las pequeñas historias, permite la identificación de sus elementos en suspensión, aprovecha la percepción de las grandes corrientes que impulsan sus estructuras y  dilaceran los constructos racionales que se erigen en la esperanza de que substituyan  la realidad. Investigar la cuestión del prejuicio es abordar, desde un bies incómodo y peligroso, el misterio humano y sus negaciones – tarea grande, siempre urgente y siempre – necesariamente – dolorosamente incómoda.
Agradezco al Professor Oscar Perez Portales la cuidadosa traducción a la lengua espanõla del texto original en portugués.

Porto Alegre, Brasil, febrero/2017.



Primera Parte - Revisitando la situación humana





… inquieto permanece nuestro corazón…

Agustín de Hipona, Confesiones



El punto de partida de la antropología, a esta altura de sus aventuras, no es ni la posible decisión libre de alguien al respecto de cualquier cosa- aquello que nos acostumbramos a considerar como el específicamente humano en cualquier actitud humana, raíz también de todo iluminismo, de todo optimismo racionalista, de todo idealismo humanista, ni, por lo menos directamente, la constatación de los limites deducibles teóricamente en cualquier libertad posible- aquello a que acostumbramos llamar los limites congénitos de la condición humana y que todos sin excepción perciben y comprenden, por lo menos en la hora de su propia muerte. Ser humano es haberse sumergido en la ineluctabilidad de un momento, hipotecar a un momento toda su existencia, en aquel momento específico y único, y no en otro cualquiera[11]. Mantener el horizonte a la vista – es ahí la permanencia en lo humano. El punto de partida de la antropología es el momento en que una determinada posibilidad que, todo indica, debería ser libre, vacila en su mayor profundidad, se posta como existencialmente bloqueada, definitivamente incompletamente: un aborto.
En todas sus dimensiones, el momento en el cual se da el acto de que alguien debería poder caminar y, por motivos internos – una deficiencia (y no coerciones externas, un calabozo) no lo puede, o podría deber ver y no percibir, o sentir y no siente, o sentir otra cosa que lo que siente –, este momento es lo que define el primer estertor antropológico, es el canal de su nacimiento, es lo que da a luz la no inocencia[12].
El intervalo que se define entre cualquier idea y su realidad, el intervalo entre el idealismo y el realismo[13], entre la esencia y la apariencia, entre el sueño de la suavidad y la realidad de la aspereza, esto es lo que define lo humano, en la medida en que lo circunscribe. Humano es persistir en la existencia a pesar de la decepción, aunque sea una decepción de inmensa magnitud, tener que persistir, tener que mantenerse en la distancia torturante de la perfección, de la idea perfecta, de la realidad perfecta, del afecto perfecto. Del choque de las durezas diuturno, en este entrechocarse de solidez, sobra de un caldo: es lo humano. Todas las otras dimensiones se cruzan en esta, en este súbito congelamiento del tiempo en torno a una imposibilidad efectiva. El ser que carga de esta forma el aura de su condenación esta a la vuelta con limites que no se dejan jamás teorizar, en este caso, artificializar un momento de la vida más profunda, negar la realidad. Una extraña y determinante paradoja de origen en esta criatura paradojal que es el ser humano: la posibilidad de una determinada libertad nunca esta tan presente como en el hecho dado de la no efectivación de sí como una libertad posible, por mínima que sea.
Ser Humano es tener que vivir en el tiempo soñado con la eternidad; el specificum de lo humano es la distancia irremisible entre tiempo y eternidad, esta breve dilatación. El niño que se percibió circunscrita a una forma que no definió a priori, que está en ella, que es ella, que se percibió como cuerpo precario, existente antes que comprendido, dado, incómodo por naturaleza, desastrado, que pisó en una piedra, que percibió en la carne la distancia infinita entre su voluntad de omnipotencia y su fragilidad real, este niño instituyó, de una vez y para siempre, la esencia pensable de la humanidad: el intervalo ineluctable entre el existir determinado y el auto-proyecto, la auto-construcción según la voluntad absolutamente  desobstruida y la libertad ideal, que nunca será realidad. Ser humano es ser nostálgico, tener que soportar en la profundidad de los tercios la nostalgia de un futuro pleno que nunca podrá ser construido. Vita brevis, ars longa: el descompaso entre la efectividad de lo disponible y la indisponibilidad definitiva de lo ideal marca, de una vez para siempre, todo residuo de humanidad que pueda habitar en cada uno. Es lo que hace que la humanidad viva, en el fondo, en un admirable contubernio, un complacerse de las mutuas finitudes y delirios, culpas y disculpas, variedad innominable afecta a un solo término final, a un solo espacio: el espacio que media entre la voluntad y la realidad, entre tiempo y eternidad. Ahí en este espacio indeterminado, naufragan todos los pragmatismos, todos los fingimientos, todos los sueños de grandeza, y todos de una sola vez. Ahí en este espacio estrecho, se mueve el espíritu; todo lo que consigue elucubrar, sus más locos delirios, sus más delirantes proyecciones, sus más recónditas esperanzas, caben todos en el ínfimo espacio entre lo real y lo deseado brevemente más allá de lo real, entre lo que es y lo que podría haber sido – y la finitud no es un concepto filosófico, mas casi cronológico: es la distancia que separa estas dos dimensiones.  La finitud de lo humano se asemeja más al tenue aullido de dolor del can atropellado en el asfalto caliente, de lo que a cualquier reflexión o especulación sobre el facto de ser infinito; y es por eso que generalmente las largas meditaciones sobre la finitud acostumbran muchas veces desembocar en rancias sobrecapas de mala fe o de indiferencia, cuando no retiran de lo propiamente finito lo más propio de sí mismo[14].
Ocurre en el intervalo en el cual la realidad se da, puede darse, un intervalo donde las esperanzas son vivas, un intervalo entre las esperanzas y la realidad que acontece. Por un tiempo muy circunscripto, mas muy intenso, la frontera entre lo posible y lo imposible como que se desvanece. El enfermo incurable piensa poder curarse, el viajante cansado piensa poder llegar al final de su jornada, la hija maltratada piensa poder hipotecar sus últimas esperanzas en el futuro, en la esperanza de que él no sea totalmente sombrío. En ese intervalo es que se vive. Por un breve momento- un breve momento que puede iluminar una vida entera – ocurre una intensidad radical que se substituye al débil trotar de los días indiferenciados: se vale entre, inter-vale-se, se inter vive: se vive.
Este vivir tiene una breve genealogía, construirse a través de ella; su mundo es la punta del gigantesco iceberg de las posibilidades e imposibilidades humanas. Mas el intervalo garantiza al humano un mundo, el mundo entero. 

El mundo humano


Una línea elemental de entrada en una antropología de los intervalos – sugiere que el ser humano se circunscribe simultáneamente en un determinado mundo y como un determinado mundo. El ser humano es “ser-consciente en el mundo”[15], es ser, él mismo, un mundo humano: la totalidad de su historia, de su cuerpo, de su memoria, de su fisiología, de sus cicatrices e ilusiones, esperanzas, situaciones, contingencias y espasmos vitales, desalientos, tedios, posibilidades y virtualidades, creación. La interpenetración de todas estas infinitas dimensiones, su coagulación en torno a un cierto nudo subjetivo en varios niveles de conciencia e inconsciencia, foco de actos precisos e imprecisos, en un no “corporal” por excelencia[16], intersección de la subjetividad con la objetividad, posibilidad de neurotización – es ahí lo más primariamente humano de lo humano. Por eso, asesinar alguien es la posibilidad de asesinar el mundo entero, como promover alguien es promover el mundo entero, y sin que tal sea considerado mero artificio retórico, mas, antes, realidad tan real que es muy difícilmente percibida.
Pero el mundo humano es lo opuesto de aquello que el sentido común considera el mundo “objetivo”, el mundo “de laboratorio” o la deshabitada nebulosa de Laplace[17] y que la ciencia tradicional y las más diversas ideologías se apresuran en secuestrar para sus propósitos. ¿Qué es un mundo “objetivo”? Un mundo antes de todo ideal, en el sentido de habitante del mundo de las ideas, y, en estas circunstancias, perfectamente irreal. Irreal por ser la negación de las determinaciones de la existencia, negación paradójica del contrato con quien pretende percibirlo: no existe ningún mundo, en el sentido humano del término, que no tenía sentido propiamente humano- o, en otras palabras, es porque tiene sentido en el contexto especial de un determinado mundo humano, anterior, primordial, que cualquier mundo concebible puede ser concebido con sentido y no como una fábula imposible o como un circulo cuadrado. Si concebimos un planeta tan distante que nadie jamás estuvo allá, negamos al mismo tiempo su posibilidad en cuanto deshabitado, pues, de una forma radical, previa a la voluntad del intelecto, ya lo habitamos con nuestro espíritu, ya lo contaminamos con nuestra humanidad. Si concebimos un pasado inconmensurablemente antiguo, todavía así el será, en cuanto concebido por nosotros, “presentificando al presente”, pertenece, de forma sutil mas real, a nuestro espectro de determinaciones. Todos los mundos humanamente concebibles, en cuanto de una forma u otra subjetivamente concebibles, están contaminados de humanidad, como todo Nada está contaminado de Ser; pues la Nada es, al menos, nada. 
Así, “quien comprende que el mundo y la verdad sobre el mundo son radicalmente humanos, esta preparado para concebir que no existe un mundo en sí, mas muchos mundos humanos, de acuerdo con las actitudes o puntos de vistas del sujeto existente. El hombre es esencialmente existencia y eso acarrea que la significación del mundo se diferencia conforme las varias actitudes o puntos de vista”[18]. El ser humano es concebido en un mundo humano. Ahí se inicia su fisiología y se definen sus intervalos existenciales, los cuales se establecen fundamentalmente en el campo de una tensión entre permanencia e inpermanencia. El ser humano nace en el mundo, con el mundo, como mundo – “el nacimiento es irrupción – o “erupción”- en un mundo. Comporta o rompimiento con una eternidad seminal y un lanzamiento en dirección al mundo, trayéndolo consigo. Es comenzando a vivir en el mundo que el yo puede comenzar a vivir en sí mismo, a vivirse, sin disolverse, manteniéndose en un primer movimiento ‘para sí”[19].


La génesis

Como parece enfermo todo lo que nace!
G. Trakl

El minúsculo embrión ya es humano y, más, define ya lo humano: no es la placenta que lo envuelve, ni la sangre materna que lo alimenta. Se separó para siempre de la determinación, aunque inmediatamente muera, sea abortado, odiado, sea transformado en polvo. Existió una vez, y esta existencia, incrustada para siempre en el campo de lo real, vindicada eternamente por la separación, no puede ser desarticulada del conjunto de todos los hechos del pasado. Allí ya se dio, en el campo de lo más estrictamente humano, la primera gran y definitiva paradoja existencial: la característica interpolación entre tiempo y eternidad, que se repetirá infinitamente a lo largo de la corta  vida del nuevo ser – el cual habitará exactamente el estrecho espacio que se desdobla entre el instante fugaz y los dominios de la eternidad, extranjera a sus entramados y, en último análisis, cede a su dolorosa facticidad. El niño nace grave: nada tiene de liviano, reafirmando su separación, su congénita incapacidad de mezclarse con el medio y con los otros; todavía la más desvariada y patológica ósmosis entre madre hijo no conseguirá que la madre sienta los dolores del hijo. Todo el itinerario subsecuente de la conciencia en formación, sus días e venidas, sus deseos y excitaciones, su desarrollo en el sentido de sentirse más y más autónoma y separada, no es más que el rencuentro con un  factum original. O espasmo es para siempre, la intrusión en el orden de la realidad es irreversible.

El crecimiento


La aventura humana es el rencontrarse perpetuo con su unicidad –una vez más, un “perpetuo en cuanto dura”, un perpetuum mobile  pulsante, excitante por tanto siempre reiterado, sufriendo de crónicos dolores de sufrimiento, neurotisandose y desneurotisando, manteniendo siempre a la vista la tentación del abismo y de la locura, navegando entre patologías posibles e reales, cerrándose y abriendo, luchando para permanecer en la superficie de la permanencia en la vida y regocijándose con tal: movilización constante de energías esperanzadoras, respirando – aventura indescriptible.
Y esta es la aventura del infante por excelencia: navegar entre sustos y descubrimientos; experimentar en la piel la esperanza del mundo; dudar de sus fuerzas y tener que convivir con sus debilidades; experimentar lo nuevo y tener que adecuarse al fluir del tiempo: sentir en sí el atrito de la realidad, sentirse un mundo y aprender a encontrar, en el fondo de este mundo, una conciencia reflejándose en la palabra, en la expresión de su unicidad- pues toda la palabra, especialmente la primera que el niño emite, es exactamente eso: expresión de la unicidad radical. Crecer significa superar cada fragmento de contingencia que se interpone entre el ahora y próximo destello de la vida: auto superación. Es por eso que hay más humanidad en la extraordinaria capacidad de superación de ciertos deficientes, de lo que en todas las epopeyas y odas a la grandeza humana que ya fueron compuestas: estos deficientes expresan la superación en estado más inmediatamente “puro”, sin la constelación de idealizaciones que orna las grandes obras artísticas y literarias. Al asumir la unicidad de sus impedimentos y el corolario de sus dificultades que estos traen, no se dejan hechizar por delirios de grandeza y hacen exactamente el juego del instante, agotado allí, en su parálisis, el verdadero conjunto de sus expectativas. Humano in extremis, el deficiente que se supere es la expresión más clara, más inequívoca de la esencia de lo humano – sin los disfraces y la embriaguez de la excitación de la Idea, lo que, si es bien verdad que también da al humano elementos de su especificidad, acaba por crear con el pasar del tiempo, al menos potencialmente, un mundo paralelo, una manía de grandeza, donde pueden refugiarse muchos miedos, negando así fácticamente lo esencial de lo eterno y paradojal recomenzar –un recomienzo constante del sentido- que caracteriza la humanidad despojada de sus adornos suavizantes. Crecer es darse crecientemente cuenta, en su unidad, de su radical unicidad.

Masa


La unidad y la unicidad son negadas: la masa se compone – es la más obvia de las potencialidades humanas;  primero y violento espasmo de la Totalidad, mundo primevo y sin diferenciación, basado en la seguridad monolítica: sin intervalos. Seres individuales renuncian a su origen particular y se agrupan en masa compacta: la masa es la ideología concreta y concretizante. Declinan de toda dignidad: la delegan a la autoridad. Crean la política, e intentan inmediatamente destruirla, cuando la perciben como un posible recurso de emancipación y critica de la tautología. Se pasan mutuamente un atestado de inepcia existencial y se colectivizan. Proliferan, y, al proliferar, al multiplicar su mediocridad, niegan aquello que procuran aunque no lo sepan: la dimensión socio-solidaria. Se perciben en sus proyecciones. Se diseminan y, al diseminarse, niegan lo nuevo; en el automatismo desenfrenado de la multiplicación, todo es ya antiguo, tautológico, pesadamente masivo. Abdican del sueño de libertad: ocupan un espacio excesivo, donde lo virtual no tiene ocasión, apenas las pisadas de elefantes de la gran Ideología. Lo pequeño, lo débil, lo improbable desaparecen: no deberían haber nacido. Apenas las grandes respiraciones pueden llegar rápidamente al fin de la Historia y de todas las historias; su gloriosa utopía es hacer de la Utopía algo demás para siempre.

Unidad y unicidad


Pero, a pesar de todo, la perspectiva por la cual cada uno crece, percibe el sentido o el significado, por lo menos, del esfuerzo en la búsqueda de sentido, va a caracterizar la unidad del buscador de forma inequívoca- y esto todavía antes de que la conciencia de estos hechos esté disponible. Se puede romper la masa. Pues cada perspectiva- de la cual el desdoblamiento concreto en busca de algo realmente significante es la expresión más clara – es perfectamente única, creadora de un mundo humano particularísimo, inconfundible, de una perspectiva que nunca hubo y que nunca se repetirá, y caracteriza la unidad y la unicidad de las humanidades particulares. Unidad, en el sentido de que hay en lo humano una irrepetible interpenetración y un entrecruzamiento de significados que, instantáneos en su origen, asumen necesariamente un aspecto durable, componiendo un todo menos frágil, menos efímero que los instantes que componen su materia prima, y donde estos instantes se hacen presentes de forma muy particular. Unicidad, porque esta unidad, este mundo, es cabalmente irrepetible, asumiendo así un valor inigualable, no reproducible incluso ni por los orfebres más delicados  ni por la más sutil manipulación genética. Una vez para y siempre, pero apenas una vez, ahí radica la esencia del drama humano, su indefectible soledad esencial, soledad igualmente irrepetible. El juego de la existencia no se da abstractamente más, apenas y definitivamente, en el proceso de interpenetración y mutua fecundación de existencias únicas.
La unicidad humana es el resultado de la tensa dialéctica entre el gozo e el sufrimiento, dialéctica esa expresada en la incomunicabilidad profunda de las experiencias vitales; a nadie es dada, en verdad, la habilidad real de penetrar en la unicidad de otro (sea cual sea el poder empático envuelto en el proceso): la confusión, la función de los únicos en una unidad  de sentido, es negación de lo específicamente humano y, por tanto, en última instancia, la negación de la posibilidad de la propia humanidad.

La fruición de lo único


La unicidad no es apenas soledad; ella es, también, gozo de soledad, gozo en soledad – la anti-masa en su primera forma. El ser que se desenvuelve en una determinada dirección solo suya, que se alarga por un milímetro aunque sea, a pesar  de que por un ínfimo segundo, en al ocupación y en la penetración de los espacios “externos” (los que, anteriormente, no pertenencia a sus dominios humanos), conquista un estatuto propio, una centralidad de referencia de su propia dinámica. En este milímetro, en este segundo, absolutamente nadie lo acompañó (muy a pesar de que pueda haber alguien que había admirado la hazaña, la una distancia mínima mas no congruente) – una tarea solitaria por excelencia. Si es verdad que el ser humano se alimenta de ingenuidades, esta es una instancia privilegiada de ellas: la soledad es el primer goce posible, raíz de toda fruición, incluso de las no-solitarias; el ser siempre preocupado con sus conquistas esta primeramente ocupado consigo mismo, reafirma su propio verbo y rectifica de alguna forma la realidad que lo circunda, se alimenta de ella, la objetiva dentro de un determinado contexto particular. Esta es su ingenuidad más original: se percibe, se complace, juzgándose solo en medio de la infinidad de mundos y cosas; mas es una ingenuidad grave, de consecuencias serias, que obliga irrevocablemente al asumir de la unicidad, en la paradoja del placer contagiado de displacer y viceversa, más una paradoja legítimamente humana.
La unicidad congénita de cada ser humano tiene así una dimensión de placer originaria, combinada ab initio con el peso de tal hecho. Todo placer es por definición no-multiplicable e irrepetible; las elaboradas construcciones posteriores en el sentido del compartir del placer no serian absolutamente necesarias, en caso las más intensa soledad no se acompañe íntimamente la propia génesis de la unicidad- y esta soledad es el inmenso precio que se paga por la definitiva irrepetibilidad.


Mas es tiempo de colocar algunas cuestiones.
La casualidad humana concuerda con el sentido de la subjetividad?...
El acto libre responde a la vocaciónde la subjetividad?...

E. Levinas

El acto subjetivo humano se constituye, según el pensamiento de la modernidad (lo cual traduce naturalmente un impulso mucho más antiguo), por el asumir del Cogito y por su traducir en acción; conquisto, pienso, existo, actúo –es aquí el orden natural del racionalismo y de las escuelas filosóficas a ella de alguna forma afiliadas. Se constituye una subjetividad racional, única siempre con su verdad, previa al cuestionamiento del correr del tiempo, por estar, conceptualmente, fuera de tiempo. Reposa en la eternidad de los conceptos libres: es igualmente una determinada expresión de libertad, y se desdobla en su constante reencontrase en sus afirmaciones, en la univocidad de un lenguaje referente a la eternidad de los conceptos. Se identifica con una determinada forma de voluntad: aquella que constituye el núcleo del proceso de concentración de sentido junto a un polo de referencia. Esta es la subjetividad moderna, mas no apenas ella: esta es la forma que, de una forma o de otra, toman todas las especificaciones y modalidades de subjetividad basada en el aislamiento epistemológico de su auto-definición y auto-sentido – o sea, esta es la forma que acaba asumiendo, tarde o temprano, la concepción de subjetividad basada, en la auto- comprensión de la mónada, sin la concurrencia de otras subjetividades paralelas, dialogantes. La marca de la voluntad, del sentido, al inicio o al final, el verdugón de la soledad, la razón solitaria de occidente, materia prima de la razón de las masas. Esta conciencia subjetiva se revela, así, como seudo-conciencia: para ella no existe lo nuevo, mas apenas el miedo mortal de él.
Sin embargo los seres humanos se dan en profusión: todo aislamiento es imposible. Todavía no ha existido hijo que naciese sin la concurrencia de otros; todavía el más loco delirio no aísla alguien tan completamente que este se vea absolutamente solo consigo mismo, día-logando consigo mismo, actuando solamente sobre sí mismo. Ni el más completo autismo tiene que ver apenas solamente consigo mismo: procura en los objetos la humanidad que no reconoce en sí mismo. La unicidad, característica primigenia de cada ser humano en particular, solamente se puede establecer a partir de su diferencia con relación a otros únicos, y no abstrayéndose de toda y cualquier diferencia, como se podría tal vez acreditar. En la unicidad esta, como en ninguna otra instancia, definitivamente marcada la pluralidad irreductible de los múltiplos: esta es su médula.
De este modo, la subjetividad se construye no como pensaban lo más antiguos, previa a la conciencia de la infinita multiplicación de los mundos humanos – por sobre la base de un Pensamiento en auto-descubierta, de un único Espíritu desdoblándose y completándose, de una Idea narcisista mirándose perpetuamente en sí misma, de una Categoría auto-fijándose como raíz de toda y cualquier realidad posible e imaginable[20]; la subjetividad tiene conciencia y sentido en un mundo infinitamente plural apenas y en la medida en que se compone pluralmente.
Pero lo que significa, en la práctica, se compone “pluralmente”? Significa centrar en la esencia de la composición de lo plural, en la diferencia, el sentido a un tiempo original y más pleno. Es en la relación que se construye la subjetividad, y en el confronto solipsista al pié de la chimenea; es en el más de uno, en la redefinición constante de la diferencia, que la subjetividad de cada uno puede venir a tener sentido, y apenas allí.
La dimensión de la relación entre los muchos mundos humanos es la dimensión de la ética, del actuar mutuo y con sentido; el ser humano solo puede ser comprendido, en cuanto humano, como ético. Su objetividad se construye, se conquista no o priori, a partir de su desabrochar en una determinada modalidad de existencia que, contingente, solo se refiere a la necesidad de la eternidad mas, sin, a partir de lo difícil y doloroso asumir de esta contingencia con su, en contraste permanente con otras contingencias – otro nombre para la conciencia siempre reiterada de la diferencia.
La construcción de la subjetividad es un proceso, se da en el tiempo, y no es dada a priori en un apéndice narcisista de la eternidad. Esta construcción es ética, o sea, presupone a más de uno en proceso de superación de la tentación de la mónada.
La conciencia solipsista es al conciencia de la eternidad, de la Totalidad, de la Masa, del sentido único; la conciencia ética es la conciencia del tiempo, del mundo humano, se su constitución profunda, de la sociedad, de la multiplicidad     infinita de sentidos, tiempos y espacios. Es apenas éticamente, en la construcción de la humanidad, de la subjetividad ética, que el ser humano, que cada mundo humano, puede venir a encontrarse consigo mismo más allá de su soledad. 

Unicidad de la necesidad – la desnudez  y la exterioridad


El ser humano, el individuo humano, escándalo de las masas, lanzado a las contingencias de las cuales ninguna solidez previa da cuenta (ni a la solidez ideológica), ocupa el centro de un mundo que ningún otro ser humano, ni el más sabio de los hombres, puede realmente percibir como si fuese por su vez el “yo”. Ningún agasajo es suficientemente íntimo para proteger la intimidad expuesta  a las agruras de la soledad, del “tener que verse solo” consigo mismo, con sus límites en su última desnudez. El ser humano es radicalmente desnudo, expuesto al tiempo y al espacio- exposición dramática a la contingencia, sin prejuicio del hecho de ser ya contingencia. Y esta contingencia del día a día no puede ser reconstruida en otra situación o lugar: ella es también única, y no es posible encajarla en una lógica más amplia, pues ella se constituye en un elemento de exterioridad en relación a los grandes sistemas y esquemas: esta fuera del gran mundo de los sentidos totalizantes, exterior al sentido monolítico. Fase dolorosa de la unicidad, el solitario que habita lo íntimo de lo humano cobra un alto precio para soportar su propia existencia: la confrontación de un determinado mundo con otro, con lo que no es él.
No es posible en el nivel de las realidades pensadas, mas en el de las realidades vividas, que el Otro deja sus  marcas indelebles en el frágil tejido de la superficie de la mónada. Tensión constante entre la unicidad más radical y la multiplicidad más indeterminada – es ahí el intervalo incómodo en el cual se debe dar la sobrevivencia de cada día. Mas ninguna vivencia real es intercambiable; apenas, y en una medida muy restricta, su resonancia interna en el individuo, vía creación continua del lenguaje, de los lenguajes.

Angustia y Lenguajes


Confieso que viví

Pablo Neruda


El lenguaje, los infinitos lenguajes que se entrechocan y se interpretan en cada momento, con su riqueza de sugerencias, precisiones e imprecisiones, habla de actos y actos de habla, dichos y no dichos, expresiones veladas y abiertas, este lenguaje nace tal vez no de un deleite, mas de una angustia. En el proto-lenguaje, en el primer balbucear, ya el niño protesta por no ser transparente a quien lo cerca, por no poderse integrar sin más a la masa, por tener que expresarse, tener que correr el riesgo de ser incomprendido, tener que asumir su unicidad de una formatean inconfundible e indelegable a otra persona: asumiendo su propio lenguaje, contrayéndolo para sí, desde su sociabilidad verdadera, sus contactos, sus conquistas y decepciones, desde su tiempo y su espacio propios, circunscritos a sus dimensiones. La primera nota del lenguaje es de incomodidad: el gustaría de no ser necesario.
Usar el lenguaje es asumir, irremediablemente, el espacio en el cual él se da y el intervalo entre Idea o pasión perfecta y contingencia imperfecta, entre el mundo perfecto y el mundo real, intervalo que define el campo de acción del intelecto humano, siempre contaminado a priori por las contingencias incomodas del mundo sublunar. Tal vez  por eso los niños vacilan tanto en asumir como suyo, como creación propia, una determinada especie de lenguaje algo más elaborado, incluso elemental: se trata de un camino sin retorno. Por  trillado que sea en una pequeña extensión, veda ya toda ingenuidad absoluta, toda creencia en el inmediato de una comunicación absolutamente desimpedida, toda fe en una perfectamente fluida, sin vacilaciones o desamores. En este sentido, es el lenguaje una “confesión” de vida, y no de cualquier vida: de vida humana, parcial y circunscrita a una infinidad de circunstancias de difícil o imposible intelección, en medio de las cuales es necesario maniobrar a bien de la específica duración humana.

Lenguaje y concepto


Sobre lo que no se puede hablar,
es de eso que se tiene que hablar, pues de eso vive el
 hombre, y en eso él muere...

W. Luijpen

Es necesario que se conteste, en el acto de sobrevivir a cada nuevo día, la profunda sabiduría de Wittgenstein: las espesuras del existir lo exigen. El lenguaje en cuanto expresión más allá de lo tautológico es la fuente constante de alivio del peso de vivir; un lenguaje vuelto apenas a sí mismo significaría, si fuese posible tal, la angustia totalmente concentrada, concentración excesiva de experiencias en torno a nosotros, espaciales y temporales, su pura negación e imposibilidad. Si la demíurgia de los conceptos es una de las armas privilegiadas de la Totalidad, su desfetichizaciones el estallar del Mismo, del Todo, de la Masa.
Los lenguajes reales, en proceso de desarrollo, significan la desinteriorización de lo íntimo cerrado en sí mismo, del idiotismo original, y son la fuente privilegiada de contacto con otros mundos. Ellos se oponen a los conceptos ideales, acoplados a esencias eternas, listos de una vez y para siempre. Al pensarse, por ejemplo, en el concepto de “vida”, esta “vida” pensada es nada más que lo que una vida real, que dialoga con lo viviente, gloriosa o aplastadora, la vida que puede llevar alguien hasta a desear suicidarse. La vida real se da en el tiempo, en cuanto la “vida” conceptual, caricatura de aquella, salió fuera del tiempo – esta dimensión esencialmente humana de la realidad – para poder existir. La vida real es una cuestión humana de la realidad – para poder existir. La vida real es una cuestión humana, en cuanto la vida ideal es una cuestión intelectual. En el intervalo tenso más posible entre el concepto y el lenguaje, entre lo Dicho y el decir, se desdobla el cotidiano de la humanidad. El puente posible entre las dos dimensiones – idealidad y construcción de lo nuevo real- es por su vez un lenguaje siempre nuevo, plenamente consciente de sus propios límites y precariedades, en un esfuerzo ingente, congénito de auto-expresión y auto-superación.
El concepto “ya dicho”, dicho de una vez para la eternidad, petrificado por su con concisión eterna, debe ser, para bien de la humanidad, reconquistado por el lenguaje, o sea, debe  reasumir su propio proceso auto-constructivo. En el mundo de las ideas no hay lenguajes: él no es necesario. Apenas en el mundo del día a día, repleto de sorpresas y novedades, habitado por otros, es necesario que surja el lenguaje, que este conduzca la esperanza de superación de las acredades de los infinitos tiempos y espacios que se entremedian y se entrechocan en la difícil constitución del día a día. 

Espacios

La noche entró meliflua, vacilante.
No se ve, mas está presente; encubre
las luces. Se respira en el aire algo de espeso: es ella.

SARTRE, A náusea.


A las seis horas de la tarde invernal, las brumas difusas tornan los espacios más impenetrables; y el choque suave entre las luces moribundas del día y los focos nacientes de las luces de la noche contribuye para la creación de una atmósfera indefinible, sin certezas previas: un nacedero. El balbucear incesante de las lenguas da lugar a una cacofonía más inteligible: el creciente ruido ennegrecido de vehículos a motor. En la plaza principal de la ciudad, la agitación es grande; los transeúntes se entrecruzan, en la prisa del retorno, tejiendo una tela invisible que los une a todos y que los caracteriza como pertenecientes a un mismo espacio- el espacio humano- en franco proceso de dilatación. Los ómnibus llenos parten en la dirección de esta dilatación, de la reocupación de las bordas de este centro pulsante, en barrios distantes, generalmente más calmos, los cuales redescubren su unión con la centralidad geográfica por vía de sus lazos humanos.
En el centro de la Plaza, la torre de comunicaciones domina los espacios y sus entrecruzamientos: es la referencia para los extranjeros  a la ciudad, los cuales se guían por ella. Ella determina la concentricidad de la geografía: permanece en su lugar, en su verticalidad sólida, oscila, no se mueve ni un milímetro, no dilata su espacio, en contrapunteo con la flexibilización de los espacios humanos. Las tiendas, ya invadidas por la penumbra, encienden sus luces, creando a su vez espacios de acogimiento de los clientes retardatarios. Los vendedores ambulantes reúnen con rapidez sus mercaderías dispersas, concentrándolas en ciertos puntos bien escogidos para que pasaran la noche segura. En las fábricas y oficinas, la actividad es febril: se hicieron cosas el día entero, se transmutaron substancias, se compusieron los artefactos, el homo faber hiso justicia a su nombre;  ahora es hora de los balances finales del día, de un día más.
En el hospital, a algunas cuadras, aumenta el aislamiento del mundo externo, en preparativos para la noche: los espacios se reducen. Las reparticiones públicas se tornan espacios adormecidos, sin vida; la Biblioteca Pública, medio olvidada, todavía es, por algunos momentos más, un espacio privilegiado, especie de recóndito de los tiempos – y de los espacios a ellos ligados – del pasado. La penumbra la penetra de forma más intensa, invade con más rapidez los volúmenes delimitados por las gruesas paredes antiguas.
En los bordes de la plaza, la banca de revistas crea vida nueva: sus luces brillan, con efecto, con más intensidad de lo que la iluminación pública. Crea también una especie de referencia propia. Punto de parada obligatoria para los transeúntes no excesivamente apresados –atraídos por ellas como las luciérnagas por la luz-, sus revistas dispuestas externamente, como cebos, atraen grupos de curiosos. También sus periódicos, que hablan de otros espacios, atraen todavía la atención. Las madres halan a sus hijos apresuradamente por las manos, en el ansia de reencontrar el espacio afectivo y original de sus casas; las viejitas cargadas de compras pretenden enriquecer sus espacios con ellas. 
Los perros callejeros se agitan también: el hambre los aproxima a los vendedores ambulantes de alimentos, en la esperanza improbable de un mendrugo olvidado. Andan de un lado para otro, atraviesan la calle y vuelven al punto original, olfatean las piernas del señor que espera el ómnibus: como última esperanza del día, tienen la de encontrar un dueño. Algún gato, perdido en medio de la profusión canina, mira con indiferencia la confusión – su espacio no es ese, no tiene porque apresurarse. Los mendigos reúnen sus energías y sus monedas y abandonan su local de trabajo- circularon por el centro de la ciudad, en al auto-ilusión de tener un objetivo. 
Los noctámbulos de todas las especies principian al despertar de su letargo, se reúnen en grupos, renuevan su complicidad, se dirigen a bares encendiendo las promesas y virtudes etílicas, donde encontraron su verdadera interioridad- un mundo menos incomodo e ininteligible, un suave conforto donde, en la penumbra, las cosas sean menores y más claras, más próximas. En la barbería, todavía se trabaja; el mundo de opiniones allí expresadas, a lo largo del día, explotan todas como pompas de jabón, preparando el ambiente para el día siguiente. En los restaurantes finos, los camareros apresurados se preparan para su larga jornada de trabajo: quien allí llegará va a tener la impresión exacta de estar en el centro  del mundo, en el centro de todos los espacios.
En el puerto, atrás del mercado público tornado casi en una sombra, las barcas antiguas y cansadas todavía aguardan sus pasajeros para conducirlos a la ciudad próxima: establecen una línea geométrica entre dos espacios geográficos, entre dos dimensiones del habitar, separadas por la masa acuosa ceniza y fría, y unidas casi que solo por un firmamento de humanidad.
Al final de la larga calle que inicia en la plaza principal,  apuntillada de puertas coloridas y atrayentes, el ritmo es otro. Carcasas de camiones viejos, ahora casi fantasmagóricas, casi redivivas, delimitan un espacio decadente, carcomido por el tiempo, por el abandono y por el desprecio de las luces: el mundo de las sombras. Toman formas indefinibles; ninguna de sus partes oxidadas, remanentes del pasado, consigue desaparecer súbitamente de su lugar – destrozos pesados, incómodos. Los camiones mutilados todavía tienen faroles; estos, sin embargo, no iluminan más ningún camino, se apagaron para siempre, cellaron el pasado en sí mismo. Allí cerca, riachuelos apestan a basura: es  la basura de dos días. Los viejos caserones retoman el peso de sus años a través de sus sombras reencontradas: es la sombra de la historia.
En el otro lado de la calle, las prostitutas, abandonando sus abrigos diurnos, se preparan para la larga noche de horas lentas, acostumbrando nuevamente los ojos a las luces coloridas de mal gusto que iluminaron sus rasgos y formas de un modo irreal, como irreales son sus sueños que no tiene tiempo de soñar – sus sueños que se deshicieron en una miríada de fragmentos casi imperceptibles, totalmente indescifrables en la nueva lógica, fragmento dispersos en un espacio olvidado. Se preparan para dilatar sus espacios. La distancia que media entre ellas y sus atractivos, este intervalo difícil, hacen parte también del abismo humano. Todo huele a vejez y humedad, todavía su juventud cargada, una recurrencia, un olor antiguo: una ancestralidad de raíces ilocalizables mas presentes en las formas asumidas, ocupando espacio, reconstruyéndolo en torno a sí, en torno a su antigüedad, en torno a su improbable sobrevivencia.
En el fondo de los caserones abandonados, con sus sótanos repletos de sueños destrozados y polvo de los siglos, en medio de las circunscripciones ignoradas y los espacios malditos, se respira una luz rojiza, irreal, una atmosfera de otro mundo, un mundo despreciado, sartreanamente demasiado, profundamente incomodo: travestis preparan la alquimia que transformará el día insípido y hostil en una caliente noche, a pesar de estar fría – hacen reserva para el espacio de sus sueños, en mutuos estímulos y consuelos, fingiéndose bienvenidos en cuanto respiran una atmosfera aguda de brillos fugases: intentaron crear un lugar extraterrestre, donde puedan vivir agitada paz- pura esperanza, prototípica de la esperanza humana en general: definitivamente mutilada ab initio. Intentaron todavía una vez más transformar el desprecio y la execración social en combustible de vida, dulce resentimiento siempre renovado. Su vida: paz postergada. Acorralado entre el cuerpo y el alma, este es su espacio reducido, opresivo intervalo; viven la vida en un instante. El tiempo corre; apenas sus suaves crepúsculos lilas son eternos. No se entregan a sus verdugos – apenas encienden la humanidad.
Por todos lados, venidas de todas las dimensiones, la gente noctámbula, las aves nocturnas de toda especie imaginable se agitan, se adornan de penas nuevas, se establecen como centro de un circulo de existencia conquistado a duras penas, brillan: están en el punto exacto de intersección entre arte y vida, en la vida imitando el arte, entre la eternidad y el tiempo, entre la realidad y la irrealidad – este es su espacio, espacio nocturno, virtualmente humano, tan difícilmente humano.
Incluso más allá, cerca de los últimos almacenes del puerto, la favela esta todavía más densa, más pesada, más obscura; reasume de forma todavía más intensa, en la obscuridad de la noche, fuera de miradas indiscretas, la soledad única de su miseria compartida, el espacio asfixiante donde vive. Su ritmo es ahora, no obstante el frenetismo de los días, excesivamente lento. Respira con dificultad. Sus contornos fantasmagóricos, divisables a través de las exhalaciones de grandes fabricas, se tornan más y más imposibles- existencia “demás”, diría nuevamente Sartre. La favela es una gran colección de existencias demasiadas, que ocupan espacio demás, que se asoman donde no deberían crecer – se dan.
En el fondo del último de la última barraca, el niñito enfermo se prepara para dar su último suspiro: su espacio está ahora como una punta de alfiler, y se reduce cada vez más.

***

El espacio humano, el mundo humano hecho espacio, se define por la interpenetración de campos de sentidos afectivos-existenciales. Humano es el ser que poseyó real o potencialmente la capacidad de dilatar y contraer su espacio de existencia, de aproximar abismos y apartar intimidades, de redefinir y organizar continuamente su horizonte de significación, su sentido vital. El ser humano habita el intervalo que se delimita entre su corporalidad estricta y el último de sus horizontes concebibles; él es este intervalo.

Tiempos


Soy un can: bostezo, las lágrimas ruedan,
las siento rodar. Soy un árbol, el viento
se agarra a mis ramas y las agita vagamente.
Soy una mosca, subo por una ventana, me caigo,
vuelvo a subir. A veces siento la caricia del tiempo
que pasa, otra vez – lo que es más frecuente-
siento que él no pasa.

SARTRE, Las palabras


En el pequeño parque próximo al centro de la plaza, el abuelo llama al nieto para volver para casa: dos tiempos bien diversos se entrecruzan en una única palabra. Los animales bien cuidados del pequeño zoológico observan la espantosa celeridad de la vida alrededor, el frenetismo descompasado de la modernidad o de sus sobras – su tiempo es otro, quedó en sus orígenes. Fuera de sus jaulas, el tiempo huye, acompañado por mil y un relojes. En la plaza, el tiempo todo se aceleró: apenas el tiempo de la altanera torre de comunicaciones permanece todavía igual, en su materialidad estricta.
En el hospital, el tiempo del moribundo se acelera todavía más, se contrae en el presente, contrae con el tiempo de los circunstantes; el tiempo de noctambulo, por otro lado, se dilata a perder la vida sin límites, de la imposible “eterna infancia”, a través del saltar de pequeño placer en pequeño placer, postergando las horas.
Los amantes se preparan para un tiempo especial; este año es tan grande cuanto la proximidad de ellos, cuanto su sentido de eternidad. El reloj explota en una miríada de fragmentos: representa el tiempo en que no estaban próximos, y los fragmentos son las esperanzas cariñosas que alimentan y de las cuales se sirven en su pulsación de eternidad, en su tiempo reservado, en su duración particular, puntillada de pequeños brillos de íntima complicidad. Ondas de sentimiento transformaron la vida en un filme interminable, donde son, indicados por unanimidad, los actores principales.  Ninguna tempestad es suficientemente fuerte para estremecerlos y al pináculo donde están apostados. Un cielo poblado de arcoíris fluctúa por sobre su encuentro y, el lento pulsar de la perfección, el tiempo no tiene tiempo para pasar: todo el espacio es suyo. 
En el interior de las casas bien iluminadas (mas también con gentiles pequeñas zonas de misterio, de penumbra), se revive el gusto de los tiempos tierno de la respiración cotidiana. Son sucesivos y se inter-penetran. Es un cúmulo de tiempos interesantes, bien vivos, bien organizados en el orden de las afectividades. Los transeúntes apresurados sueñan casi todos con este tiempo, tiempos calientes de los contactos, de las aproximaciones, de la recreación de las interioridades. Su casa los aguarda. Se aproxima un tiempo importante, auto-referente, repleto de simbolismos ricos, de duración vívida – bien diferente del pesado flujo de horas que fueron obligados a soportar a lo largo del día. Otro tempo.
En otro espacio, no lejos de allí, alguien lucha nuevamente para volver a casa, para dejarse aplastar, una vez más, por las paredes asfixiantes de un espacio que no le pertenece afectivamente. Se aproxima un tiempo tenso: habrá que volver a entrar en el profundo desierto del cual el oasis de las horas diurnas le había librado. Las horas nocturnas son un largo túnel de angustias casi sin fin. Una vez más, reconsiderará el valor intrínseco de su vida, de sus horas por correr; una vez más, compondrá una delicada sinfonía de consolaciones, sentirá pena de sí mismo y superará precariamente, apenas momentáneamente, el desconsuelo que habita sus venas; se exponen, quizás, a violencias diversas, a horas violentas, habitadas por una sucesión casi interminable de instantes insoportables. Un tiempo pesado, demasiado exigente, una tentativa desesperada de divisar el sentido de los días, el sufrimiento multiplicado, derramándose por las horas, los minutos y los segundos, durando demasiado– microbio oprimido por el paso de tiempos duros, impidiedosamente solemnes como la sucesión infinita de los siglos.
En el puerto viejo y sucio, la carcasa carcomida del barco antiguo vegeta junto a otros desechos del tiempo: su humanidad se desvaneció, su tiempo tan solo  pasa. Es, ahora, nada más que una transformación química, ignorada hasta por los peces heroicos que habitan las aguas fétidas. Su tiempo es desinteresante; a nadie interesa su velocidad; devorándose en sí mismos, sus resquicios se excusan por ocupar instantes preciosos de las grandes eras.
En las viejas casas en proceso de degradación, se tiene todavía un testimonio: traen para el presente su tiempo sobre la forma de un refugio posible, a pesar de ser improbable como la seguridad que ofrecen sus basas carcomidas. En elocuencia muda, traducen el pasado en un lenguaje que el presente podría entender, si quisiese. Sus colores son generalmente pálidas: del futuro, nada esperan.
En el asilo de los viejos, con su pintura verdosa simbolizando la voluntad de tener esperanzas, los tiempos convergen y los segundos golpean sordamente. Cada viejo es una metáfora del pasado, una metáfora existencial con la también improbable esperanza de ser comprendida, investigada, de ser integrada al orden de la significación presente. Los amplios mundos humanos que los viejos traen tras de sí, cargas pesadas, ricas, variadas, no se hacen presentes de forma colorida, seductora: ligeramente existen, se dan al presente en gratuidad y penetran en el ámbito del demasiado: Su tiempo es otro.
En el cementerio toscamente pintado de blanco, de muros insulsos, medio reconstruidos, el tiempo no paró: solamente disminuyó su marcha, se concentró y se acumuló en forma de coagulación del pasado, como en el jardín de infancia bien decorado si acumula sobre la forma de concentración de futuro, imprevisibilidad. En ambos casos, tenemos la humanidad al final con su temporalidad más propia y más incómoda, su intervalo propiamente dicho, su circunscripción incomoda pero ni por eso menos real. Allí cerca, cursaron las barracas de la favela diseminada por el mundo cenizo. Sus esperanzas, su tiempo, se escurre junto a su zanja a cielo abierto: exiguamente resquicios de la buena realidad, de la realidad posible.
De regreso con sus obras, el viejo profesor se complace consigo mismo y da los últimos retoques en su vida: se aproxima a la madurez, y la visión de sus fuerzas plenamente liberadas es dulce como la primavera. Tiene razón en su sentimiento de plenitud: el tiempo no lo engaña más. La plenitud no necesita del tiempo; ella lo domina completamente, el es su esclavo humilde, ansioso por doblegarse a sus caprichos, por reafirmar su sub-servidumbre; el ritmo maquinal no seduce más- se reveló en su esencia como nada más que una necia formalidad, como el fútil traje de lujo de las horas y de los instantes infinitos. El profesor dispersa sus lauros: se evadió completamente del tedio, y los elogios tienen tanto sentido para él como el parlotear de los papagayos. Él no se molesta porque no le comprendan; tan solo fijan comprenderlo. No vive más que de brisas, mas tan solo del reencuentro constante con las realidades: aprendió a dialogar con ellas. Quieren eternizarlo en una estatua de cera y él no se inmuta: sabe que no estará allá – se transfirió para más allá del horizonte, y que finjan poder seguirlo es la última cosa que lo enfada. El tiempo se recoge, sin excesivas mesuras, para cederle el paso.
Entrecruzamientos: el cementerio y el jardín de infancia se encuentran y se entrecruzan en la humanidad del tiempo.

***

El tiempo concreto, humano, vivido, es el cruzamiento y la interpenetración de los referenciales existenciales que se ofrecen a la duración una llave interpretativa, un sentido posible, tiempo del sentido, es el tiempo de la conciencia, aunque aún no consciente: la posibilidad de, a pesar de todo y de todos, irrumpir de la masa. La humanidad de un cuerpo humano inconsciente, por más digna que sea, es siempre retroactiva: tuvo que dejar vislumbrar la simbólica que habita las profundidades de la propia humanidad. Ya la dignidad del ser humano consciente habla por sí misma, no necesita de complejas mediaciones simbólicas o de intérprete. Su origen reposa en una paradoja: conduce las riendas del propio tiempo a pesar, de estar amenazada constantemente de inconsciencia y de muerte, sea también conducida por la temporalidad. La existencia concreta es el intervalo entre la inconsciencia y la conciencia concretas, únicas, irrepetibles e intraducibles, y se teme en la muerte,  por encima de todo, la inconsciencia empírica que sigue la condición de muerto, la ruptura de la oscilación conciencia- inconsciencia. La analogía entre muerte y sueño no es gratuita, en la medida en que quien duerme, aunque soñando, es apenas una especie de conciencia de segunda clase.
La vida humana es también el intervalo entre dos fronteras fijadas en el flujo de los acontecimientos, asumidas como tales, es el intervalo entre dos inconsciencias de las cuales  si tienen que, necesariamente, tomar conciencia- es ahí el specificum de lo humano. Estar, ser intervalo, el intervalo definitivamente consciente: es  ahí el destino humano por excelencia.

La implosión de la masa: sociabilidad y conciencia


Es a partir del acto pleno de asumir su propio intervalo que el ser humano reencuentra el camino de la sociabilidad, la conciencia hecha sociabilidad, por el rompimiento de la desesperanza masiva y de sus promesas hegemónicas. Pues la sociabilidad en sí no es congénita: la multiplicidad de seres interactuando no configura realmente la sociabilidad; tan solo, como ya se ha visto, puede dar origen a la masa. La sociabilidad que merece este nombre solo se da cuando se constituye en problema, y problema complejo, para el individuo que habla en primera persona.
La sociabilidad real es un convite, el extraño convite a la interpretación de mundos, de lenguajes, el incomodo convite a la abdicación de la verdad plena. Toda sociabilidad presupone, por encima de todo, madurez, asumirse maduramente, aceptar ser colocado en cuestión. Es ese el mundo de la vida social, del trabajo, de la convivencia: el constante colocar en cuestión de la unicidad constituida, por la constitución de una multiplicidad mejor aunque francamente más incómodo.  
El mundo social, oportunidad de el ser humano reencontrar su esencia social, su vocación a la proximidad, es un proceso de creciente aceleración de tiempos e interpretación de espacios, una aceleración del proceso vital; una de sus características principales es que puede ser negado, en un retorno al monadismo original de los agentes fuertes y decisorios en los procesos más complejos de socialización- por ejemplo, en la exclusión del diferente de un grupo o en al reificación del trabajador decaído en mera fuerza de trabajo, en objeto de uso e intercambio, en un determinado sistema económico-social. En definitiva, ambos son aspectos del mismo fenómeno: el fracaso, por alguna razón, del proceso de aproximación y entrecruzamiento de los diversos intervalos humanos existenciales, de los diversos mundos en los cuales la construcción de una expresión, de un lenguaje en común, abortó.
La sociabilidad es el más complejo de los fenómenos humanos, mas también el más rico; necesita ser recreada exactamente como cada segundo necesita ser respirado; y su creación y recreación constantes son la única prueba vital de que el proceso espantoso de toma de conciencia de la realidad externa está realmente en curso, y no se confunde con alguna fantasmagoría elucubrada pro la monada para legitimar su derecho al egoísmo. Se crea y recrea la política propiamente dicha, como fundamento de la diversidad de las relaciones humanas – mas una política no maniobrable según padrones de control y masificación, y si en cuanto  crítica social. Se colectivizan los sueños.

Permanencia e inpermanencia, tedio y depresión


Es con su radical irrepetibilidad que el ser humano participa, como la totalidad de la realidad empírica, de la ambigüedad original de la existencia, intuida bien temprano en la historia de la filosofía: el contraste entre contingencia y necesidad, esencia y existencia, unidad y multiplicidad, idea y realidad. Apenas que, en su caso especifico, de una conciencia (real o potencial) vuelta sobre sí misma, esta dualidad asume entre otras una forma sui generis de esta tensión, entre permanencia e inpermanencia. La conciencia es conciencia de esta tensión, o, en otros términos, esta tensión condicionada de forma primigenia la intensidad de cualquier conciencia: es la vida como cruzamiento de la negatividad y de la positividad. Tensión pre-original, es el rasgo inteligible primero del estertor vital original.
¿De qué in-permanencia se habla? La de ser llevado por el tiempo en la dirección de lo desconocido. No hay ningún estatus ya alcanzado que sea seguro que pueda refrenar la voracidad de los momentos sucesivos, infinitamente pequeños, y al mismo tiempo tan separados y de cierta forma tan inter-penetrantes, tan fluentes, tan inclementes. El ser humano es un aventurero obligado en la tierra de las sorpresas, no puede descansar sin ser sorprendido por un nuevo momento, un nuevo frémito de existencia o muerte – exactamente como al viajero en tierras desconocidas le deparan a cada instante situaciones, cosas y realidades nuevas, bellas o feas, agradables o peligrosas. Como el amor cantado por Vinicius de Morais, es una aventura “sin fin en cuanto dura”, cuya finalidad, en última instancia, se desconoce en el campo de la conciencia ordenada. Nada expresa esta singularidad tan bien cuanto el dicho frecuentemente encontrado en viejos relojes: tempus fugit.
Mas la in-permanencia no agota la existencialidad humana, tal vez ni la circunscriba de la manera más apropiada. Pues, en verdad, lo que sobra de la in-permanencia es la voluntad imposible de la permanencia, o su realidad lo que sobra de los momentos sobrevividos es un suspirar de duración, precaria mas real, que revisa su integralidad y dice siempre de nuevo: “duro todavía” – expresión original del lenguaje organizado. No obstante una realidad muy propia, frágil, que nada tiene que ver con las ideas platónicas en su soberanía, no-matematizable, no “formulable”, precaria mas subsistente, fuerte en la fragilidad, canijo pensante: una paradoja. La tentación de la unidad absoluta de sentido persiste y se recrea constantemente: se esboza ya como la gran tentación de la unicidad. Es un mundo de contradicciones que subsiste como si estas no existiesen, como si estas pudiesen ser, sin más, neutralizadas por la potencia de las vagas ondas del intelecto. Contradicciones que, alimentándose de sí mismas, se niegan a capitular a la amenaza del momento: fluctuación por entre las contingencias, canijo fluctuante en mar revuelto.
La vitalidad obstinadamente persistente del moribundo es su mayor símbolo, la colección de reminiscencias de intensos momentos vitales de que hace uso: esperanza sin esperanza y, a pesar de todo y de todos, con esperanza: vivencia plena del intervalo entre la esperanza y la desesperanza, con el toque mágico de Kierkegaard y de Camus –absurdo sobreviviente. Pues cada vivo es, en cada momento sin excepción, un sobreviviente, su mundo humano retoma siempre el rostro de una historia de sobrevivencia. Nacido ya suficientemente viejo para morir, cada ser humano sobreviviente es un náufrago de la existencia.
La palabra “sobrevivencia” es fuerte, mas cabible, pues no hay ningún comedimiento entre los momentos; son todos incisivos e impiedosamente definitivos. También no son condescendientes con las debilidades humanas: no prometen el triunfo, no engañan a nadie. El gran dilema humano, infinitamente repetido: separarse, por un instante, del tiempo, manteniéndose en el, durando, a pesar de todo el esfuerzo, por fuerza de circunstancias incontrolables –suspenderse, por un segundo tan interminable cuanto posible, por encima de todas las determinaciones en ellas y a pesar de ellas. Es ahí la gran tentación prohibida, el deseo de poder mirar para atrás sin ser inmediatamente devorado por el presente como polvo entre polvo.
La sucesión de sobrevivencias acostumbra al éxito. Se corre entonces el gran riesgo- deshumanizarse por la banalización de los momentos sobrevividos, desencontrarse con el sentido de cada momento- la posibilidad del tedio y de ciertos tipos de depresión existencial. El tedio, determinado amortiguamiento de la voluntad que es privilegio exclusivo de estómagos satisfechos, indica simplemente una falla de memoria: el ser humano se olvida de que sobrevivió, que acabo de sobrevivir y triunfar en el ápice de tan solo un momento, de forma irrepetible, se olvida que acabó molestar las horas con su presencia exactamente en el tiempo en que otros zozobraban.
La depresión existencial es una caída de tensión vital, una falta de presencia del ser humano a sí mismo en cuanto habitante de su intervalo propio, una cierta desocupación de su espacio único y un renunciar involuntario al derecho de gozo por la sobrevivencia.
Si el tedio es olvido, un capricho y una flaqueza del ánimo, la depresión existencial es la resonancia de un recuerdo amorfo, descolorido, de los momentos sobrevividos más recientes, como si estos fuesen viejos e irrelevantes, como si fuese acto de poco heroísmo mantener intocado por la voraz degeneración de los días un determinado núcleo de interioridad, de voluntad, de élan vital. La depresión existencial, sufrimiento intensamente suave, es un ablandamiento de las cuerdas que mantienen la vida tensada en sí misma, un desencuentro del individuo con sus colores propios. Duración desencontrada de sí misma, patética auto-desvalorización, sufrimiento insano: es ahí la depresión existencial a segar de los instantes a su cimiente de futuro, a negar al ser humano la intensidad de una recurrente, intensa, heroica voluntad de sentido.

La dialéctica Duración – Incertidumbre


El ser humano no es, así, el ser que dura, mas dura perplejamente, sin poder nunca abandonar los dominios de la sorpresa – y sin poder dejar, en cuanto propiamente humano, de durar. Fluctúa entre estos dos aspectos, en este intervalo de realidad. Este es su contrapunteo original. Su duración se inter-penetra constantemente en el campo de la incertidumbre: esta condenado a permanecer sobre el dominio de la impermanencia amenazadora. A cada éxtasis de duración, a cada segundo sobrevivido, corresponde un igualmente intenso estremecimiento de incertidumbre, como si la realidad como un todo se organizase de tal forma que el instante, conquistado a duras penas, nada más fuese que una ilusión bien medida, o la antecámara de la debacle final y definitiva: eterno sobresalto.
Mas el vencer el instante – el vencer la inexorabilidad del tiempo por la vida de la duración, de la creencia en la duración de lo que efectivamente no se entrega al poder sublimador de la idea- reorganiza la unidad y le da un frescor siempre nuevo, anti-inercial. Es eso el éxtasis pos-depresión existencial: la reorganización del buen raciocinio de la vida. Esta es la gran dirección que sigue la durée bergsoniana en una situación más profunda: el placer de los instantes vividos sucesivos que da margen a la posibilidad de una determinada alegría retroactiva, pequeño triunfo en sucesión en el sentido bergsoniano, vivida en el intervalo entre el “presente” que mira para atrás y los infinitos puntos pasados donde este mirar puede posarse.
Así, la existencia se distribuye a lo largo de infinitos y pequeños intervalos existenciales, más o menos indefinidos en cuanto mónadas contables, cual helos de un infinito pegar por su una vez más o menos indefinible, obscurecidos por su no-más-existencia, revividos por la memoria cuidadosa, por la voluntad hecha recuerdo. El existir se proyecta en todas las direcciones: amplía espacios, predice tiempos, relaciona mundos, documenta estas relaciones colectivas e individuales, construye grandes edificios de osadía, puede vislumbrar en sí mismo la vivencia de la gloria y del poder: sus intervalos se dilatan forzadamente cada vez más, se enredan, se consubstancian en la solides de las convenciones, ofrecen recompensas gratuitas, simplifican en sus ojos la complejidad infinita de los mundos más diversos- aniquilan lo diferente. Ciertos lugares-comunes absorben el tono de la vida, se presentan como síntesis de la posibilidad misma de la existencia humana, rellena el ser originalmente indigente, intervalar, de absolutos, de esencias diversas, todas ellas puras, todas ellas auto-justificantes: todos los delirios tienen, entonces, espacio garantizado en el universo de las tentaciones. La mayor de todas las tentaciones se muestra entonces: la de conquistar totalmente la infinitud de las realidades concretas, particulares, a través de la demíurgia de lo absoluto, de la abstracción absoluta del Todo, de la voluntad de sistema perfecto, Aufhebung perfecta de la realidad parcial, imperfecta, relativa, intervalar, en la perfección de la Totalidad de sentido, por la voluntad de poder.

Tentación de la Totalidad


De esta forma, la tentación de la abstracción absoluta – abstracción, purificación de la realidad dada y vivida- es la raíz de la abstracción de las circunstancias, del deseo de la transformación alquímica de los infinitos mundos humanos en apenas un mundo, mas un mundo con sentido absoluto. Súbitamente, la duración es, apenas, la oportunidad de la definición de este sentido absoluto: solo tienen sentido en cuanto chance de rencuentro con lo total, con la Totalidad. Hasta la más excitante aventura es potencialmente tediosa; la sucesión infinita de momentos irresueltos irrita la dimensión del ser en contacto con la realidad. Hubo progresos, hubo sobrevivencia: este es un fato considerable. El encuentro reiterado, pesadamente real, con lo Diferente, con el Otro todavía no explicado por el intelecto, de contornos siempre imprecisos en medio de las franjas de mi subjetividad, el Otro obscuro, entramado de inconsciencia desde el punto de vista de mi conciencia, la nebulosidad de las fronteras de mi voluntad, preña de sentidos desconocidos, todo eso recoloca la cuestión: ¿por qué no ser total?  ¿Cómo no ser totalmente? El ser humano, soberbiado por los instantes, se deja enamorar por la atención de lo absoluto, como el deprimido se deja seducir por las promesas del alcohol; uno y otro desean alivio grandilocuente. El  deseo – deseo de vivencia, de  sobre-vivencia, se infla y percibe, en lo adelante, apenas a sí mismo, Narciso dislocado de su terreno original, ideal, y transferido a los dominios de lo relativo. Nace la voluntad de la filosofía griega, para justificar este deseo: circunscribir la realidad a su concepto.
La tentación de la totalización –única tentación esencialmente humana- es la tentación del sobrevuelo, por un impulso firme de la voluntad, de los intervalos que definen la órbita de lo especificamente humano; es la tentación de reducir estos intervalos - la realidad en su inespecificidad original- a una función del pensamiento o a un concepto, o todavía más, a una determinación auto-legitimadora de la voluntad. Al Schopenhauer, diría tal vez: representar la realidad de acuerdo con la voluntad.
En los dominios de la voluntad de la totalidad, todo tiene oportunidad de existencia, desde que lo que lo sustenta tenga que ver con la unicidad de sentido, con la unicidad de una verdad única en la que se debe transformar la totalidad de las dimensiones de la realidad. Todo los crímenes contra el semejante y la naturaleza son relativisables y, posteriormente, anulados por su auto- justificación, por su libertad auto-referente. ¿Qué es un bando de negros, sub-hombres, en la lógica exterminadora del Ku-Klux-Kan, si no el combustible de su voluntad totalizante? ¿Qué son algunas hordas de inquietos niños de la calle en una gran ciudad brasileña, si no una “amenaza a la ley y el orden” del Mismo? ¿Qué eran los judíos, izquierdistas, gitanos, biblistas, homosexuales, en el mundo del nazismo, si no un obstáculo empírico al encuentro de la “perfección” (destáquese: absolutamente racional y llena de razones) consigo misma, de la auto-bondad consigo misma? ¿Qué son algunos millares de hectáreas de florestas definitivamente diseminadas- o algunas especies animales aniquiladas para siempre, o algunos millones de desempleados – en la óptica del capitalismo triunfante, si no el precio de la realización fáctica de su impulso original? La voluntad de totalidad en proceso de infinita creatividad.

Suspensión de la obviedad


El intervalo que me separa de mi cadáver
es una herida para mi, todavía, aspiro en vano
a las seducciones de la tumba: no pudiendo separarme
de nada, ni cesar de palpitar, todo en mi
me asegura que los vermídeos permanecerían
inactivos sobre mis intestinos. Tan incompetente
en la vida como en la muerte, me odio, y en este odio
sueño con otra vida, con otra muerte.
E por haber querido ser un sabio como nunca
hubo otro, soy apenas un loco entre los locos…

Emile Cioran, Breviario de la Descomposición

La suspensión de la obviedad, la incertidumbre de lo obvio de los días, es el reencuentro del ser humano con su indigencia, con su debilidad congénita, después y esperar de la tentación totalizante, incertidumbre consciente del gran y seductor proceso totalizante –partículas de buen raciocinio jugadas al mundo de los impulsos. Por un momento, en una enfermedad, en una crisis, en un instante de desconsuelo, cada uno es invitado, impelido a bien de la sobrevivencia posible, a reencontrarse consigo mismo, con sus límites, con la tensión de su existencia, con su intervalo propio. Las galaxias a fluctuar en el espacio infinito, los granos de arena de la playa, la sucesión infinita de los instantes, son los guardianes modestos de la realidad. En la orgia de la totalización y de sus tentaciones, brilla una luz pálida: al modo de Pascal, ella intenta recordar al ser hipertrófico el peso de los universos infinitos y de la responsabilidad infinita en asumir pretensamente el sentido del todo, en reducir la realidad a una formula simplificante, transparente, sin secretos, sin intimidad.
Última tentativa de fragmentación del bloque monolítico en que la voluntad se transformó, la suspensión que la obviedad ofrece, la posibilidad de un tiempo benigno de reencuentro con la propia indigencia, con el tiempo del Otro, con la infinita multiplicidad de mundos – un tiempo de lucidez, una lucidez al margen de la eternidad de la Certeza.
Antecámara de la implosión totalizante, la suspensión es también la última oportunidad de renunciar a ella, de transformar la muerte en algo diferente de la oposición a la Totalidad de sentido, a saber, en modelos paradigmáticos de la alteridad absoluta, que realmente  no ocupa mi tiempo y mi espacio con su corolario de angustias, o sea, que no es simplemente la muerte de la mónada mas, si, radical oportunidad del extremo alterativo.
La suspensión da a la mónada una oportunidad de reencuentro con el absurdo en que se transformaron sus días, ocupados en tautologizarse indefinidamente, obcecados en truncar el tiempo y en restringir el espacio a la circunscripción de una caricatura suya, bloqueando cualquier lenguaje, reintroduciendo la racionalidad en el bloque monolítico de la Razón omnipoderosa, disminuyendo las proporciones de la verdad a algo más verosímil. 
La suspensión indica la posibilidad de una profunda crisis existencial, crisis del mundo, en el sentido más propio del término: ponderación, posibilidad de juzgar el presente, examinar y romper con la lógica del pasado, prepara el terreno para un futuro que sea algo más que la mera reproducción de un presente eterno, bestializado en su ansia de eternidad, de completar perfecto. Es la posibilidad de la mayor de todas las crisis, la que rompe con el mayor de todos los constructors que brotan del universo de las tentaciones humanas, la gran tentación: es la oportunidad de la crisis- en el sentido pleno y original del término- de la Totalidad.
“La muerte impide el conocimiento real de la Totalidad”. Esta paráfrasis de la famosa frase de Rosenzweig da bien cuenta de la utilidad de la muerte: impide la absolutización del sentido. Al modo adorniano, podríamos decir: la muerte es la expresión última de la negatividad de la dialéctica, aquello que impide que la dialéctica se traiciones definitivamente a sí misma, se sumerge definitivamente en su propia seducción.
La muerte resuelve la crónica adialecticidad de la Totalidad que desea, a un tiempo, la finitud y la infinitud: la finitud para percibirse a bien del equilibrio como total, sin indeterminaciones, sin la contaminación del mal infinito hegeliano; y la infinitud, para percibirse, de la misma forma, total, sin sombras, sin virtualidades descontroladas- todo en una tensión imposible. El generoso acto de morir reduce saludablemente la mónada a su reparación original, y reconduce la noción de diferencia, filosóficamente tan fácilmente neutralizable (¿Qué es la historia de la filosofía occidental, si no la historia de la tendencia a esta neutralización y de las subsecuentes reacciones a esta tendencia?) a su dimensión real.
Antídoto de la manía de grandeza, el morir aísla las pasiones de sus proyecciones. Deshace la cortina de humo entre el ser y sus producciones, impidiendo la confusión con otras simientes de sentido, con otros mundos humanos, con la infinidad de ellos, impidiendo la concentración excesiva de tiempos y espacios. Tensión extrema, rompe la tensión artificial que se puede concebir entre los sentidos en nombre de un único sentido. La muerte permite al que muere, después de su paseo sideral por los dominios de la eternidad de la idea, el reencuentro con el momento, con la variedad, con el descompaso de los únicos, de su instante único. Acontecimiento solitario por excelencia, reconduce el ser gregario a su originalidad separada, al tener que verse solo en medio del infinito de los instantes y de los espacios. Gran promesa de sueño, a pesar que solo sea via negationis, se cierne por encima del más delirante de los delirios: contener en sí el sentido, reducir el deseo a su determinación al agotar su nacimiento –resolver el absoluto. 
La muerte es, asumiendo el sentido levinasiano, la Alteridad por excelencia, ahora dada de forma real, alheia a la voluntad y a las demíurgias del ser, y no apenas virtual como en tiempo de sucesión. La muerte, así mismo toscamente substantivada, es primero y mayor modelo de esta Alteridad de tan difícil inteligibilidad; en ningún campo es el lenguaje tan precario cuanto en este la muerte reduce la precaria actividad humana, sus pequeños estertores diarios y sus delirios de grandeza, a la pasividad absoluta, o mejor, da al término “pasividad” su contenido pleno. La Totalidad no resiste a la Muerte.

Deseo y Ruptura de la Totalidad

Verdadero es lo que no es el todo.
T. Adorno

Así, la esencia de lo humano es, en última análisis, la tensión entre la realidad y la tentación de la Totalidad, o mejor, es el propio hecho ineluctable de tener que asumir como suya esta tensión. El hecho de que toda omnipotencia puede ser apenas pensada no aislada del horizonte de su tentación, o – lo que da en sí misma- no derriba la existencia humana a los límites de la palpabilidad de lo meramente existente. La tentación de la omnipotencia permanece a la orden del día, dura todavía, cuando todas las esperanzas ya se diluyeron en al corriente de la inefabilidad. Apenas la Alteridad absoluta hace estallar la gran Certeza que habita el mundo del Sentido único, absoluto, el mundo del todo-poderoso espíritu absoluto donde todo es igual a sí mismo, al Mismo, y nada más, ni el más remoto recuerdo, es diferente.
Mas la presencia espantosa, incómoda de lo diferente, el potencial traumatismo de un encuentro con lo realmente diferente, el retrotraer a un tiempo donde los tiempos corrían, donde los espacios tenían sentido todavía más allá del foco único penetrado por el sentido de lo absoluto de la Totalidad, es una posibilidad de choque para la mónada, y puede venir a asumir al dimensión del deseo, deseo innominable del Otro.
¿Qué otro es este? ¿Qué parajes habita? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su sentido? Proviene de su propio tiempo (y no del tiempo grandioso de la Totalidad), un tiempo tan antiguo que nunca fue presente para el tiempo violento de la Totalidad.  Proviene de su propio espacio (y no del espacio interminable y tautológico como el buen infinito hegeliano, que la Totalidad reivindica como suyo), un espacio, sugerido por Levinas, que se dio tan distante que nunca fue invadido por el lenguaje de la sincronización, de la formula fatal que es la Totalidad misma y que reduce sistemáticamente toda diferencia a una patética caricatura. Su sentido no se da al sentido de la Totalidad, del Ser: es el no-ser, por definición sin sentido en la lógica del presente- negatividad parménidiana, sobra de la guerra heracliteana: ofrecimiento de Ética. Ofrecimiento puro, su dignidad proviene de su radical indignidad para el agente universo puro de lo Mismo.
¿Qué hace el Otro? Traumatiza las certezas, antes que todo. Puede reconducir la antropología a sus términos iníciales: es la vida en su forma más inesperada, da la vida, mas vida de la Exterioridad y de su acogimiento. Transforma la onto-logía del sentido único en original plurivocidad de lenguajes, reconduce en última instancia el ser humano a sí mismo, en un reencuentro original: ética y nacimiento, ética que es nacimiento de lo nuevo, vivencia del tiempo y del espacio y refundación de los intervalos en su infinita tensión. Tensión con sentido. Entre el Mismo e el Otro, en este intervalo, ocurre toda la posibilidad de la vida ser humana, o sea, tener sentido; se da tiempo al tiempo, se tiene espacio en el espacio, la duración de la vibra, los instantes son vividos y sobrevividos. Lo restante pertenece al orden de la tautología.
El Otro, necesario, inscribe así la vida humana en cuanto tal en el ámbito de lo realmente posible: liberta la antropología de su connotación fabulosa – de fábula- en cuanto esta es constituida, en la tradición, sea en conceptos puros que habitan apenas un mundo ideal al cual el ser humano no llega en su unicidad, sea en el finitismo desencantado y resentido de muyas de las filosofías de este siglo, que nada más son que la premonición del rompimiento de la Totalidad y la falencia de infinitos sueños de desmedido optimismo y de grandeza. En uno y otro caso, el optimismo y el pesimismo radicales no son más que cuestiones internas a la economía del ser en proceso de totalización, sea por la hipertrofia de su potencia- en el caso del optimismo- sea por la toma de conciencia de sus límites a pesar de la omnipotencia de la voluntad y de los delirios de la razón- en el caso del doloroso pesimismo radical que permea la atmósfera filosófica del siglo que acaba de poner fin.
En ambos casos, se perciben algunos elementos comunes: la falencia de la percepción profunda del tiempo- al buscar refugio en la eternidad, en el caso del optimismo, o al renunciar hasta a la vivencia plena del tiempo en interpenetración con otros tiempos – islote indefenso en mar hostil y revuelto, repleto de lo diferente – en el caso del pesimismo desconsolado. En ambos casos, también los espacios están violentados: o sufren de una patológica hipertrofia, invadiendo toda la realidad, o concentrándose en un punto geométrico, sin dimensiones, sin interface con ninguna realidad diferente de amenaza de aniquilación súbita y absoluta. 
La esencia de los fenómenos – el “optimismo” desmedido, el triunfo grandilocuente y el “pesimismo” absoluto, la infinidad desconsolada, el tedio y el desespero – esencia es la misma: se trata de la negación – traición- de la realidad eminentemente intervalar del ser humano, en los sentidos antes descritos.
La antropología solamente se reencuentra consigo misma cuando a cada instante es restituida su dignidad, cuando ella, en cada momento, es en su amago más esencial a la historia ética de un encuentro, un pequeño acto de un infinito drama ético más allá de cualquier tautología.
Apenas cuando el Otro habla desde sí mismo, cuando hay la ruptura, todavía traumática, inesperada y desconfortable de la mónada que se construye en el polo de la unidad y unicidad del ser humano, o sea, cuando la unicidad no devora la realidad circundante y se reafirma por la diferencia con lo que no es ella, acepta el dolor de la diferencia, del instante, de la sobrevivencia, sin reducir tal a alguna fórmula, asumiendo el límite del instante y destilando su propio mundo humano, su propia dignidad  intervalar, apenas entonces es que se puede hablar de vida propiamente humana.
El Otro es la condición de la sociedad real, aquella que no es una mera multiplicación de individuos y grupos, y que puede reducir las falsas sociabilidades, las sociedades falsas, basadas en la explotación del Otro y de Naturaleza, a su cruda esencia perversa, mostrándonos como, simplemente, la diseminación de la Totalidad que se disfraza interminablemente en conceptos caros a la tradición y que se transmuta a cada instante en aquello que el delirio quiere oír: la parálisis del tiempo y del espacio en torno al polo único de sentido.
Lo humano es la negación de la tautología; todo el concepto de humano es una caricatura del humano real, como el concepto de dolor es una caricatura de dolor real. Que la sucesión de los instantes acontezca, trayendo siempre la simiente de lo nuevo: este es el escándalo del sueño del tiempo concentrado idealmente en el Mismo, del loco optimismo. Que los espacios se alarguen infinitamente, transmutándose de mera matemática, de dimensiones puras, en geografía de la ética y de su acontecer, reservando un espacio para el No-ser al lado del Ser, dando margen a lo inusitado, recreando continuamente la posibilidad del encuentro entre la mónada y el Otro: es ese el escándalo de los pesimismos agotados de un pasado que apostó apenas en sí mismo.
La negación de los intervalos, la coincidencia de lago consigo mismo, de una esencia consigo misma, la negación de la Alteridad, de la sorpresa, es al anti-antropología; la antropología es el recomienzo reiterado de la búsqueda apasionada por la Novedad, por el Todavía-no (Noch-nicht) blochiano, al asumir plenamente, tan plenamente cuanto de posible, los infinitos intervalos que se extienden en todas las direcciones y en todos los sentidos, en todas las dimensiones del universo físico.

* * * * *




Segunda Parte


Premisas generales


1- Premisa mayor: el prejuicio en su forma más representativa y común solo puede surgir a partir de cierto grado bien determinado de “estupidez”, de incapacidad humana, o sea, de racionalidad acrítica (entiéndase por estupidez: susceptibilidad a la tentación de la auto-anulación por la seducción de la masa); por debajo de este grado, el prejuicio es abortado en racionalización y no manifiesta en su forma personalizada e individualizada más característica, o es sublimado en gentil alienación.
2- Premisa accesoria {a}: el prejuicio es, normalmente, una forma pre-consciente de miedo; alimentándose del miedo de sentir miedo, o sea, de objetivar el temor, y aparta del horizonte el peligro de un confronto directo con lo diferente por su anulación violenta o sublimada a priori.
3- Premisa accesoria {b}: el prejuicio es la forma más individualizada de totalización; su forma “socializada” – su estupidez masificada- es la penetración en el colectivo de una pesadilla individual, precariamente racionalizado de forma mutuamente referente y mutuamente sustentadora por parte de los envueltos. El prejuicio es la prueba de que la “racionalidad” incapaz de crítica o de auto-crítica, al mismo tiempo en que expresión original de idiotia, en el sentido etimológico del término[21]-, contradictorias en principio, pueden tender a la convergencia radical, cuando un peligro real o aparente amenaza su frágil seguridad. En estado de prejuicio, no existe más individuo, grupo, multitud y ni siquiera, en sentido estricto, masa[22]: apenas existe el Miedo, y esto es suficiente para que todas las distinciones anteriores desaparezcan. El prejuicio, aún en estado meramente potenciales potencializado en individuos, es la sublimación potencial de la masa, y tomará la forma más conveniente en cada situación y momento, pues lo que realmente importa no es la forma y si el “contenido” del miedo, aunque no se exprese de forma conteudística.
4- Premisa accesoria {c}: el prejuicio en todas sus formas es un síntoma explícito de una patología[23] profunda e implícita en el horizonte y en todas las dimensiones de la realidad considerada. Esta patología profunda y degenerativa es la totalización de la realidad en torno a un polo único de sentido y de seguridad, la radical soledad de la razón, des-realidad, el monadismo llevado a las últimas consecuencias.




Once temas sobre el miedo


I- Ni el buen juicio, ni la razón; el miedo es, de todos, el bien más bien distribuido. Su cuota es equitativa sin los aborrecimientos de las cuentas proletarias. El habita ya el verbo nacer.
II- El miedo de verse súbitamente solo consigo mismo – con su miedo- ayuda a expresar la vejez de todo lo que corre a lo largo del tiempo de los relojes y se pauta apenas por sus falsos ritmos, que nada más son que reflejos infinitos del fragmento de una realidad perfectamente cerrada. Pues el miedo tiene otro nombre: soledad. Y la soledad también puede ser entendida como la más imperiosa necesidad de inmunidad en relación al otro. Pero el recelo del descontrol castra la vida en sus varias dimensiones. El miedo no se encuentra realmente nunca consigo mismo; el miedo nunca es flagrado totalmente por sus temores – y esto es lo más aterrorizante que se puede concebir.
III- La vida humana consiste en buena medida en driblar patéticamente con miedos, entre los cuales se encuentra, sin dudas, el de la propia sombra. Este es hors-concours.
IV- La estupidez, masivamente irracional o irracionalizada, procura reducir el miedo a sus dimensiones más geométricas. La medianidad bruta de lo agresivo con su corolario de pasiones mal-explicadas es seductora para la falta de sutileza.
V- El miedo corcovea por encima de fragmentos de humanidad, de recelos estúpidos; navega en el mar de la mediocridad, bandera desplegada a anunciarse recelosa.  La vida no vive[24].
VI- El miedo es el sumo que se escurre de los estertores vitales, la savia que se petrifica en la memoria del pasado siempre tenebroso, donde apenas las amenazas efectivadas y no- efectivadas cuentan. No dejó de vivir después de su hora, después de ya pasado: es demasiado mediocre para esto.
VII- donde el miedo afinco su estaca, el amor no surge: es traspasado por la estaca, aun cuando intente nacer después la estaca ya esta bien fija en el suelo petrificado de la rigidez de la tautología.
VIII- El miedo es el momento brutalizado, petrificado, mismificado.  Es la más sutil defensa contra la novedad verdadera.
XI- Todos los miedos se refugian en el Miedo. Es como el padre acogedor que perdona a los hijos por su insensatez, condescendencia absoluta que los devora y sublima en el Espíritu del Miedo.
X- Todo Miedo es miedo de no tener miedo de sí mismo ni del otro. Todo miedo es miedo del Otro.
XI- El miedo es la Tautología[25].





Breves principios de una fenomenología del prejuicio



El prejuicio y la ausencia de realidad


El prejuicio es un vacio llenando otro vacio, o sea, es la ausencia de realidad que se petrifica en realidad. Pero solo si puede darse anteriormente una determinada ausencia intelectual  abre en el individuo  una brecha de tamaño suficiente, exactamente en los puntos básicos de sustentación del ego. El prejuicio solo existe en egos fragilizados y que fluctúan en el limbo de su propia indigencia, navegando masivamente, irremediablemente solitarios-  o sea, sin la percepción de la dimensión de lo solitario y la diversidad de los muchos mundos humanos – en el mar inmenso de lo desconocido. El objeto del prejuicio  activa la objetivación de lo desconocido,  así como que lo delimita en términos razonables. Por eso, todo el prejuicio, desde sus premisas, representa una faz de racionabilidad – es razonable en su principio, y entra en contradicción consigo mismo en el momento en que la otra faz, rostro de la violencia, se muestra de manera abierta o velada, consciente o inconsciente.  Mas esta contradicción no es peligrosa para el prejuicioso, aunque fuese para una racionalidad saludable: apenas el objeto de prejuicio “es” peligroso. Y a pesar de que tenga la costumbre convencionada opone razonabilidad y violencia, son en la realidad, en este caso, una misma cosa: se alimenta del miedo de tener coraje para superar, aunque de manera fugaz, los límites de lo mediocre; su substancia es el recelo en asumir su  unicidad.
El prejuicio es la fijación neurótica, por parte de un determinado “mundo humano”, en la etapa del desarrollo que llamamos anteriormente de “tentación de la Totalidad”, sin suspensión de la obviedad, mundo humano auto-estatuido en un imposible “mundo en sí”, o sea, la opción por la soledad definitiva a través de la negación de sus virtualidades comunicacionales, de la posibilidad del rompimiento de la masa y de la instauración de la sociabilidad.  Todo prejuicio es definitivamente masivo- declina originalmente, ya en su surgir, de cualquier posibilidad real de sociabilidad, lo que, en este caso, significa en términos concretos entregarse al asumir pleno de la  irracionalidad  o de la Razón  absoluta –lo que ven, en última instancia, a dar lo mismo.
El prejuicio se entraña en la vida como el parásito en el árbol; ofrece vida nueva, mas retira de lo saludable su salud, al chupar la savia vital del día a día, que es justamente la dialéctica del miedo y de su vencer, el  intervalo  entre el miedo y el vencer. Todo el prejuicio es el anti-intervalo: querer ser, apenas, el fulcro absoluto de sentido. Parasitario, se alimentó del tiempo para encumbrarse en la eternidad de las verdades absolutas, sin devolver al tiempo la vida que de él retiró, sin ofrecer al pasar del mundo su especificidad en cuanto mundo humano.
Así, el prejuicio no vive: tiene prejuicio. Fijado en la tentación de la Totalidad, no tiene tiempo para la suspensión de lo obvio, para tentación de la Alteridad. Entrañado en la masa, no se percibe a sí mismo: apenas su sombra. Esta paralizado en un esquema externo (mas externo apenas en la medida de la objetividad controlable), que le torno lo que piensa se la vida de cierta forma inteligible. Fue convencido a obliterar la expresión de su miedo, penetrando así en los dominios de la neurosis.
El prejuicio es una neurosis auto-referente, por disponer  de una base cultural antigua y amplia en sus diversas formas. Y la forma de individualización en el ámbito del prejuicio es su  multiplicación masificante – extraña degeneración de la sociabilidad, que se traduce por su reducción del propio a lo común. Masa en su origen, el prejuicio, aunque individual, converge a ella misma.  Esta es la última sanción del prejuicio, y lo que lo torna tan peligroso,  al elevarlo a la condición de postura defendible.


Qué situación no habrá alcanzado la conciencia
imperante para que la decidida proclamación de la vida disipada
y la alegría acompañada de champaña, antes reservadas
a los admiradores de operetas húngaras, se haya elevado
como brutal seriedad a la condición de máxima de una
vida adecuada. La felicidad decretada tiene además este
 otro aspecto: para poder repartirla, el neurótico… debe también
renunciar a la última partícula de razón que la representación y la regresión
le hubiesen dejado y, en honra al psicoanalista, entusiasmarse
sin discriminación con los filmes, con las comidas
caras pero desagradables de los restaurantes franceses,
con el drink más reputado y con el sexo
dosificado(…)

T. Adorno

La idea de que la actitud prejuiciosa es una postura defendible habita ya el prejuicio en máximo grado de latencia, en sus estertores iníciales, antes de su nacimiento. Es ahí que reposa toda su credibilidad, y no en su realidad propia o en su legitimación discursiva. (La preocupación previa con al defensibilidad o no de una actitud tiene de otro modo que ver directamente con la mediocridad, base intelectual  del prejuicio). Y todo prejuicio lidia con obviedades, se alimenta de ellas.  El prejuicio es lo obvio, lo directo, aquello que no necesita de esfuerzo para ser comprendido, para ser vivido; niega toda la racionalidad para poder fingir tener una: es la anti-filosofía por excelencia. El primer estertor de la mediocridad es, paradójicamente, negarse a asumirse como mediocre o, lo que igual, asumirlo orgullosamente: en uno como en otro caso, se bloqueo la sucesión de los tiempos. Al negarse a asumirse como mediocre, el prejuicioso se negó a priori a penetrar en el mundo de la realidad y creó una falsa consciencia; al asumir su mediocridad con orgullo, se negó a jugar el juego de la vida: opción dolorosa.
Una característica notable del prejuicio es que la racionalidad pierde sus bases autónomas: se trona instrumental, subsidiase a lo que es mayor que ella: la Totalidad. El prejuicio es la instrumentalización de la razón anidada en torno al miedo.  El prejuicio es la lógica del miedo abandonado a sí mismo, en su auto-sufrir,  la seguridad absolutizada de un momento – parálisis del tiempo. Razón usada,  sin –razón pomposa, “razonable”.
Esta razonabilidad tiene que ver, a rigor, con la finitud, una finitud de razón que toma la forma de una particular anti-lucidez. Pues el prejuicio es al anti- lucidez por excelencia: para mantenerse en su precario equilibrio, evita a todo costo tener que atormentarse con su desequilibrio fundamental, que toma la forma de una polarización de sentido radical y apriorístico, pasional[26]. El prejuicioso sacrifica todo por la seguridad, incluso la inteligencia.





El análisis del prejuicio: la mediocridad y su raíz


Análisis – La mediocridad y sus razones


No hay dos cerros iguales, mas en
cualquier lugar de la tierra la planicie es
una y la misma.

J. L. BORGES, Utopía de un
hombre que esta cansado


No se llega a la Idea de prejuicio a no ser a través de su elemento sustentador más característico, que es también, al mismo tiempo, su via más propia de proliferación: la mediocridad, la cual es entendida aquí, mucho más que como un especial atributo del prejuicioso, como un verdadero “clima” necesario a la existencia del prejuicio como hecho real. De hecho, mucho aspectos distinguen los diversos prejuiciosos individuales; más allá de eso, es probable que los géneros de prejuiciosos sean entre sí muy diversos. En principio: ¿qué unirá a la vieja alemana que tiene sus prejuicio con relación a los inmigrantes africanos y trabajadores turcos (y en eso se une a necios skinheads, sus compatriotas y de otros parajes- no obstante sus diferencias externas, su interior es igual: se compone de espasmos medrosos y asustados), la fútil madame que odia a los pobres, los antisemitas confesos e inconfesos, el sureño norte-americano blanco que detesta a los negros y lo expresa, el blanco brasileño que no soporta a los negros y eufemiza esta insoportabilidad, el “macho” de precaria base emocional que huye de los homosexuales como de la peste, o ataca travestis con bestialidad y violencia para el justificables? ¿Qué puede haber de común entre todos estos ejemplares del bestiarum humano? ¿Qué los une en una misma cofradía?
En verdad, el prejuicio denuncia una capitulación de tipo especial, agudamente desesperanzada y amarga, y la consecuente emergencia de la faz más fantasmagórica de los miedos ocultos. Sartre analiza, de forma magistral, este  mundo de sombras, en la figura del anti-semita: “… Ya el anti-semita no tiene ilusiones sobre sí mismo. Se considera un hombre medio, bien mediano, en el fondo hasta mediocre; no hay ejemplo de anti-semita que reivindique una superioridad individual sobre los judíos. Mas no cree que su mediocridad sea vergonzosa – por el contrario, el anti-semita se complace con ella; yo diría que opto por ella. Este hombre teme todo tipo de soledad, la del genio tanto como la del asesino; es el hombre de las multitudes: por menor que sea su altura, todavía toma la precaución de bajarse, con miedo de emerger de la masa y verse cara a cara consigo mismo…”[27]. Así, la vieja alemana no osa hablar alto en el ómnibus, mas esconde sus pensamientos a quien juzga de confianza, en una especie de roznado resentido, en un proto-lenguaje, en un lenguaje  abortado; los skinheads desfilan con sus gestos de y su violencia grupal toda su multitud de recalques y frustraciones; la madame sublima su horror en mil artificios compensatorios que ocupan todo su cerebro, incluyendo naturalmente las fiestas de caridad; los anti-semitas,  demodés que estén, esperan en las sombras y en los revisionismos históricos la oportunidad de dar golpe de tarántula; el sureño racista norte-americano, criatura nocturna por excelencia, no deja pasar la oportunidad de testimoniar céleremente contra la violencia de los negros marginales y todavía en su día a día , el sol no es suficientemente claro para él: necesita iluminar su vida con la luminosidad de las llamas de una iglesia a la cual dio fuego; el racista brasileño busca en la ancestralidad y en la biología surtidor de las razones de sus creencia; y el “macho” hipoteca a su “valentía” todo su abortado raciocinio de valor  e intenta desesperadamente sublimar así su real impotencia. Mas ninguno de estos piensa y actúa solo: apenas la sensación de compartir, una determinada atmósfera los libra de la autodestrucción. Incluso los skinheads violentos, como los miembros redivivos del Ku-Klux-Klan o los ciudadanos de bien que no miden su esfuerzo para atacar la degeneración social y sexual, en nombre de la tradición, de la familia, la propiedad, todavía estos trabajan a pesar de las apariencias en sordina,  poco a poco,  para no darse a sí mismo la apariencia de ser miembros excesivamente activos de una determinada sociedad, que puedan venir a transformarla en sus constitutivos profundos. Escogieron vivir ideológicamente pre-determinados; y lo que los salvó de la auto-destrucción fue el estado de vértigo pre-consciente en el cual se dio esta elección original. Todavía su más alto grito tiene la tonalidad de un roznar, del cual las anécdotas racistas son fina-flor: entonces descontentos por tener que defender de la evolución su propia infantilidad patológica, se refugian en los sueños de un mundo  puro causa de su causa, donde pueden ser mediocres en paz, sin la amenaza de lo diferente y las cobranzas, para ellos insoportables, de la racionalidad; exorcizan la  variedad  de la realidad, su diversidad, su insoportable ir y venir, los infinitos mundos humanos, los infinitos  intervalos  interpenetrantes, la alternancia siempre sorprendente del día y de la noche; sus ojos no suportan contrastes fuertes, pues, los contrastes son generalmente fecundos, y ellos escogieron previamente la infecundidad, al esterilidad de sus propias figuras constantes reproducidas, el  Eterno Retorno (que no es más que un ancestral  miedo a la novedad), destilando moderación y transformando, cuanto jóvenes a quien todo se disculpa, esta futura moderación en la brutalidad desmedida de la emoción pura, expresión del “orgullo pasional de los mediocres” [28], donde la ponderación racional, la “opresiva responsabilidad de pensar por sí mismo” [29], no pueda tener ninguna oportunidad. En todos estos casos, la elección es univoca y clara: el prejuicioso,  en la única vez en que no puede sustraerse a la necesidad de una elección, escoge compartir con un grupo de sus iguales su cobardía y su miedo mortales;  este traumático acontecimiento llevo a refugiarse para siempre en la única certeza que puede aceptar: la de no correr el riesgo de tener que, laboriosamente, empeñarse en busca de la realidad: “El hombre racional busca angustiosamente la verdad, esta consciente de que sus raciocinios son apenas probables, de que otras consideraciones van a colocarlo en duda… Mas hay personas que son traicionadas por la constancia de las piedras. Quieren ser macizas e impenetrables, no quieren cambiar – pues: ¿A dónde el cambio las llevaría?  Se trata de un miedo primordial de sí misma y un miedo de la verdad”[30].
La sugestiva anfibología de la palabra “mediocridad”, significado en nuestra lengua a un tiempo lo que está  por debajo  y que esta  en el término medio –identificando  en última instancia estas dos situaciones –estas duplicidad contraída en su sentido  real  explorar exactamente la precariedad de la base existencial del prejuicio: el prejuicioso  piensa estar traduciendo el término medio y razonable de su cultura, mas esta en realidad abriendo las compuertas a lo que habita en sus sótanos, poniendo  fuera de control cuando piensa estar controlando: emergiendo irremisiblemente en el miedo cuando supone del estar escapando a través de una socialización y externalización burlesca,  masificación,  incluso apoyada en una pseudo-consciencia solipsista . Asume entonces el miedo cerrado en sí mismo como tejido de vida, capitulando cuando piensa estar venciendo (incluso modestamente, para no chocar su mediocridad), asumiendo en sentido más pleno su propia mediocridad, al confundir lo que pretende –la seguridad- con lo que realmente consigue- el horror de tener que reproducir siempre de nuevo las razones de su contubernio con sus iguales, de estar preso definitivamente en un apéndice de certeza, de tener que permanecer ad infinitum en la circunscripción de aquello que le parece ser un “fluir temporal” –en verdad,  la descomposición eterna de un tiempo muerto- repleto de más sorpresas potenciales o reales.
El prejuicio nada más es que el miedo; mas el miedo por excelencia neurótico, imposible, eterno, conceptual,  cuyo sufrimiento no se auto- explicita – la miseria.




Síntesis: la parálisis soñada del tiempo


Para no acceder a la humanidad, las personas
se lanzan en las profundidades sombrías de la doctrina
zoológica que es el racismo. Se golpea al judío y es el
hombre que se mata.

Franz KAFKA[31]


Tiempo y cambio


El tiempo es el “espacio” del cambio, a pesar de que en el sentido estrictamente aristotélico y también no necesariamente en conflicto con el modelo kantiano (la objetividad y la subjetividad son aquí irrelevantes –la realidad es anterior a ambas), en la medida en que apenas en tiempo – y no en la eternidad completa, eternizada en sí misma –- si puede dar la irrupción de lo nuevo. Y lo nuevo es la contra-posición –convite al diálogo –  de lo antiguo: convite a la construcción de una subjetividad ética,  real. Si vivir es huir de los grilletes de la eternidad de los conceptos, del solipsismo, la vida es, en sí misma y en sentido más puro, menos contaminado de esquematismos, transformación. Vivir la mudanza es, así, nada más y nada menos del que vivir  plenamente, recorrer la infinitud de los instantes siempre nuevos: única esperanza de la plenitud de la vida, plenitud compuesta por el desandar de los  intervalos  que se suceden, se sugieren, se entrelazan en la sobrevivencia y en la fruición de los instantes.

Tiempo y Alteridad


El tiempo, “espacio” de la Alteridad, sugestión de intervalos de exposición a la Alteridad, es de cierta forma ya una de sus manifestaciones, La Alteridad no se encuentra en la Eternidad, en la inmovilización: no confía a la síntesis violenta, al sincronismo absoluto a su esencia nueva. La Alteridad se da en ocasiones –no en los tiempos de las fórmulas matemáticas, mas de los infinitos mundos humanos-; lo Nuevo penetra en los infinitos intervalos que se establecen entre los segundos que se suceden- allí irrumpe la vida.
En el fondo de cada prejuicio habita el sueño de la eternidad, el deseo del tiempo estático y extático. El pasar del prejuicio a la violencia que es su expresión final corresponde al pasar del sueño de inmutabilidad al delirio que corresponde a la frustración por la recurrente persistencia, por la permanencia de lo diferente – a pesar de las innúmeras razones creíbles para su aniquilación y de la improbabilidad de tal en un mundo excesivamente bien-ordenado –en la in-permanencia del tiempo que continúa corriendo, a pesar de los deseos y ansias del prejuicios, a pesar de su ansiedad desesperada y primordial, a pesar de su neurosis y de sus gratificaciones –si entendemos por “neurosis” exactamente el miedo de dejarse seducir por lo nuevo, por el todavía-no, la auto-violencia medrosa que se impone quien, sofocado en la masa, recela sofocarse con aire puro.




Conclusión: el prejuicio como negación de la Alteridad y de toda posibilidad de lo diferente y auto-anulación de lo real: finis philosophiae?


El prejuicio, tentativa de materialización del sueño ancestral de totalización de la realidad, es la negación de la constitución humana profunda –los intervalos antropológico-existenciales a través de la negación del tiempo y de la apuesta en una eternidad de sentido absoluto, fuera de las contingencias. Si los intervalos antropológico-existenciales son la posibilidad del acontecer humano en sí, su negación es la negación de las infinitas partículas de tiempo, en las cuales lo humano pueda ser algo más que una quimera. El último tejido constitutivo del prejuicio es la irrealidad de una proposición de verdad inmaterial, tautología, única, ideal, perfecta y heterofágica con relación a toda diferencia- propuesta de substitución de los infinitos mundos humanos por un mundo puro, listo de una vez y para siempre, sin sorpresas, sin amenazas, sin miedos de lo diferente,  apenas con el miedo espantoso y decisivamente mortal de tener miedo  de lo diferente.
El fenómeno del prejuicio traduce, en última instancia, la auto y hetero-negación de lo  precisamente humano  en la categoría global, imprecisa y teorética de “humanidad”, a través de la negación neurótica – persistente, recurrente, dolorosamente irracional- del mundo externo  e interno en cuanto  oportunidad de ocurrencia de la novedad, referida exactamente por los intervalos precisos e imprecisos en cuya circunscripción ocurre todo lo objetivable de la vida humana. El prejuicioso se niega radicalmente a sí mismo – en la medida en que aísla del espectro de sus virtualidades la ocurrencia  buena, no amenazadora,  aunque eminentemente nueva  de lo Diferente- y niega, en última instancia, las múltiples dimensiones de la realidad es  tal cual estas se dan, al pretender substituirlas por un modelo hueco de realidad, un constructor aséptico,  irreal,  a ser llenado por un sentido tan  puro cuanto- precisamente irreal.
Suprema indignidad, el prejuicio pretende retirar de los instantes, de la respiración, de los intervalos, de las incertidumbres y entrecruzamientos  de vidas  su existencia propia, pretende sofocar los espasmos de permanencia en la vida a través de la promesa de una pureza muerta. En cuanto negación de la Alteridad, es la negación, negatividad cerrada, de su propia subjetividad, en cuanto esta se entiende en sentido ético, propio, y por tanto, depende desde su origen  de la provocación concreta, incómoda mas real, inquietante mas viva, del Otro para más allá de las terminaciones de lo Mismo.
El prejuicio es, así, en última instancia, la  negación del intervalo  entre seres, entre los momentos, entre los espacios y tiempos, entre las infinitas dimensiones de la realidad, entre la vida y la muerte,  es la negación pura y simple de lo humano y de la vida de la humanidad, de la posibilidad de ella en cuanto desdoblamiento de la humanidad para afuera de su concepto. El crimen del prejuicioso es un crimen de lesa-humanidad y como tal será juzgado por la  vida  propiamente dicha, la vida de la Alteridad, la vida que, siempre recurrente, propone  siempre de nuevo  a la Totalidad la oportunidad preciosa de su auto-destrucción y del descubrimiento del  infinito de los sentidos y de los sentidos  de lo infinito.




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Sobre el Autor

Ricardo Timm de Souza, nascido em Farroupilha (RS, Brasil), em 1962, várias graduações, doutor em Filosofia pela Albert-Ludwigs-Universität Freiburg (Alemanha – 1994), é atualmente Professor Titular da Escola de Humanidades da PUCRS. É autor de 24 livros e cerca de 200 capítulos, artigos, traduções e obras organizadas. Membro-fundador do Centro Brasileiro de Estudos sobre o Pensamento de E. Levinas, da Sociedade Brasileira de Fenomenologia e da Internationale-Rosenzweig-Gesellschaft, entre outras instituições. Áreas principais de atuação: Ética, Estética, Fenomenologia, Filosofia da Cultura, Filosofia e Psicanálise, Filosofia e Literatura, Pensamento Latinoamericano, Filosofia e Animais, Filosofia da História, Pensamento Judaico, Filosofia Política. r.timmsouza@gmail.com - www.timmsouza.blogspot.com.br .



[1][1] Cf. nuestro Existência em Decisão – Uma introdução ao pensamento de Franz Rosenzweig, São Paulo, Perspectiva, 1999, p. 35ss.
[2] Cf. nuestro O tempo e a Máquina do Tempo - Estudos de filosofia e de pós-modernidade, Porto Alegre, EDIPUCRS, 1998, passim.
[3]Cf. ROSENZWEIG, Franz. Stern der Erlösung, Frankfurt a. M., Suhrkamp, 1996, p. 3-4.
[4] Cf. nuestro Sujeito, Ética e História - Levinas, o traumatismo infinito e a crítica da filosofia ocidental, Porto Alegre, EDIPUCRS, 1999, p. 98-161.
[5] Cf. nuestro ensayo “Da neutralização da diferença à dignidade da Alteridade - estações de uma história multicentenária” en: SOUZA, Ricardo Timm de. Sentido e Alteridade - Dez Ensaios sobre o pensamento de Emmanuel Levinas, Porto Alegre, EDIPUCRS, 2000.
[6] Cf. nuestro libro cit. O tempo e a Máquina do Tempo..., especialmente p. 81-94.
[7]Ver COSTA, Jurandir Freire. A ética e o espelho da cultura, Rio de Janeiro, 1995, p. 41: "Conservadurismo no es defender la tradición, es resistir al surgimiento de nuevas tradiciones".
[8] Desenvolvemos el esbozo inicial de una “antropología de los intervalos” en nuestro libro O tempo e a Máquina do Tempo..., p. 127-162.
[9]Cf. Jean-Paul SARTRE, A questão judaica, São Paulo, Ática, 1995. La mayor parte de lo allí expuesto en términos de análisis del anti-semitismo es válido para cualquier forma de prejuicio, especialmente la conclusión final de la primera parte – "estamos ahora en condiciones de entender al anti-semita. Es un hombre que tiene miedo... el anti-semitismo es, en resumen, el miedo en el rostro de la condición humana. El anti-semita es el hombre que quiere ser roca implacable, torrente furioso, rayo destruidor - todo menos hombre (pp. 35 e 36).
[10] Es por eso que no hablamos sobre “pensamientos prejuiciosos”; tales pensamientos solo tienen sentido en su “realización”. Podemos suponer una determinada estructura de prejuicio pacífico donde su virulencia este latente o se manifieste; mas no podemos concebir un prejuicio pacífico o apaciguado. El prejuicio se ejerce siempre, en el presente o en el futuro, de una forma o de otra, como una forma de actividad violenta; y es exactamente por eso, por no permanecer en el estado de una mera quimera intra-psíquica, que el prejuicio se establece como una cuestión filosófica de primer nivel. Tal distinción nos ayuda, también, a discernir entre aquellas dimensiones patológicas, intra-psíquicas, delirantes que se asemejan a una determinada forma maníaca de prejuicio, y el prejuicio “saludable”, con granos de racionalidad, mas cuya racionalidad sirve, apenas, para modular su violencia conforme las circunstancias externas. Es especialmente ese último modelo – capaz de pasar conscientemente del pensamiento a la acción – que aquí nos interesa.
[11] Cf. SOUZA, R. T., Existência em Decisão, Op. cit., p. 131-132.
[12]  Acostumbra haber aquí una gran confusión al respecto de la cuestión de la finitud humana. Para una tradición más usual, el escándalo del caso de Boethius es que este escribe De consolatione philosophiae en la cárcel, sabiendo que va morir: toda grandeza de pensamiento esta ahí presente, la grandeza de una estuviese fuera de cualquier cárcel, mas preso dentro de su cuerpo, acometido por ejemplo de una hasta tos o plasticidad tan grave que le impidiese hablar, de moverse y mucho más, de escribir las Consolaciones. El que llamamos aquí “estertor” es, por ejemplo, este contraste espantoso entre un cerebro que funciona bien y un cuerpo que absolutamente funciona. Este contraste extrema da, según nuestro parecer, origen a una humanidad extrema, porque extremadamente contrastante. En mayor o menor grado, es esta nuestra lectura de la auto- percepción de lo humano: cuando lo humano percibe  lo que no puede hacer, y no lo obvio, que  puede hacer. Esta es una finitud absolutamente concreta, y es esta concretud que reduce las elucubraciones atediadas al respecto de la finitud humana a meras caricaturas de la real carga del infinito.  
[13]No en el sentido clásico de estos términos, mas apenas en el sentido de contraste entre voluntad y realidad.
[14] Cf. CAPUTO, John. Desmistificando Heidegger, Lisboa, Instituto Piaget.
[15]LUIJPEN, W. Introdução à fenomenologia existencial, São Paulo, E.P.U., 1973, p. 53.
[16]Cf. LUIJPEN, W., Op. cit., p. 55ss.
[17]LUIJPEN, W., Op. cit., p. 69.
[18]LUIJPEN, W. Op. cit., p. 76.
[19]SUSIN, L. C. O Homem messiânico - uma introdução ao pensamento de Emmanuel Levinas, Porto Alegre, ESTEF/Vozes, 1984, p. 35.
[20] Es innecesario decir que la “pulverización” moderna de la subjetividad en infinitas camadas de realidad, de tal forma que esta no más es visible  y por tanto dada como “ausente”, se refiere  justamente a esta modalidad tradicional de sujeto y surge en el descorrer justamente de su in-sustentabilidad fáctica en un mundo- o en muchos mundos- que se tornan más y más complejos e interpenetrantes. 

[21] Grego Ídios, Idiótes: proprio, fechado, particular, circunscrito en sí mismo.
[22] No se trata, aquí, de analizar la compleja transfusión de miedos individuales en miedos colectivos, o viceversa, más de investigar las raíces y las condiciones de estos “miedos”, principalmente al nivel de una fenomenología preparatoria del prejuicio, en examinarlo primariamente desde su perspectiva monádica, individual. Masa  tiene el sentido, en este estudio, de expresión colectiva de precariedad,  de fragilidad o de agrupamiento de fragilidades primarias en torno a una referencia cualquiera que  promete  inconscientemente la sublimación de la fragilidad individual en fuerza monolítica y tiene siempre origen en el esfuerzo al Mismo, fuerza esta pretensamente autónoma, actuante, activa, en contraposición a la pasividad flácida del individuo mediocre y apavorado luego con las sorpresas de lo  desconocido.

[23] Por "patología" entiéndase aquí una determinada forma de disfunción energética cuya referencia más "empírica" sería su "precariedad", su insustentabilidad  per se, sin las promesas delirantes de una redención apresada, por ejemplo, por la vía de un consumismo exacerbado de cosas diversas, el cual se torna en sí mismo, a un tiempo, el motor y el combustible de la sobrevivencia de las mónadas fragilizadas, que nunca se comprenden como vivientes, apenas como sobrevivientes el mar de las hostilidades cotidianas. Cf. nuestro libro O tempo e a Máquina do Tempo – Ensaios de filosofia e pós-modernidade (Porto Alegre, EDIPUCRS, 1998).
[24]  Ferdnand Kürnberger, citado por Adorno en Minima moralia, Primera Parte (1944).
[25] Cf. nuestro libro O tempo e a Máquina do Tempo, Porto Alegre, EDIPUICRS, 1998.
[26]Cf. SARTRE, Op. cit., pág. 14.
[27]SARTRE, J.-P.Op. cit., p. 17.
[28]SARTRE, J.-P., Op. cit., p. 17.
[29]SARTRE, J.-P., Op. cit., p. 22.
[30]SARTRE, J.-P.Op. cit., p. 15.
[31]Cit. por JANOUCH, Gustav. Conversas com Kafka, Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 1983, p. 134.

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